Reflexiones sobre la utopía

Las manifestaciones de violencia  cotidiana que a fuerza de ser reiterativas nos han forjado una coraza de insensibilidad, no son sino el síntoma de la actuación indolente ejercida, generación tras generación contra los vulnerables, pero en especial, contra nuestras niñas y niños. Foto: Pavel Danilyuk

Abandonarlos(as), desconocerlos(as), irrespetar e incumplir sus derechos, enseñar que los derechos del otro se pueden pisotear, maltratarlos(as), violentarlos(as), actuar  con desamor, no alimentar su cuerpo y su alma, negarles el acceso a la educación, criarlos(as) en ausencia de normas que deberían ser orientadas con afecto, promover el goce con el dolor de seres humanos y animales; ausentarnos o perdernos de sus vidas, llenar ese vacío con objetos materiales valorando más  las cosas que las personas, el abuso sexual que muchos han padecido, la carencia de oportunidades, robar sus recursos, el hambre, la miseria material y espiritual, la falta de educación en valores, ser modelos sociales negativos, crecer sin que le importen a nadie,  no recibir la atención merecida, imponerles el horror del secuestro, alejarlos(as) de sus familias, obligarlos(as) a delinquir y a conformar grupos al margen de la ley, convertirlos(as) en testigos de masacres y actores de la guerra, exponerlos(as) a la barbarie, a vivir en la calle, son experiencias que dejan heridas físicas y emocionales que endurecen el corazón y roban la esperanza. 

Esos son los escenarios en los que se ha desenvuelto la vida de nuestras niñas y niños, y los aprendizajes que han tenido, sometidos(as)  a vejaciones, a carencias afectivas y materiales, a  escasez de cuidado y protección y, desde ese ambiente poco constructivo, han alimentado a lo largo de su existencia la rigidez e indiferencia emocional ante el dolor y el sufrimiento, convirtiéndose en  protagonistas de esta violencia que nos azota, que nos afecta en todas las formas, que a algunos nos duele y nos asombra, por lo descarnado de las historias que se relatan y que parecen sacadas de un cuento de terror. (Ver el informe de la JEP)

Efectos de nuestra influencia

Ubicados en este contexto debemos comprender que lo bueno o malo que hagamos con el otro, que en la infancia se encuentra en estado de indefensión, dependencia y vulnerabilidad, marca  el derrotero de la existencia para siempre. Lo recibido en esta etapa señala el camino de la  violencia o el amor, de la bondad o el vacío de compasión, de la generosidad o el egoísmo, de la vida o la muerte.  Esa es la herencia emocional de madres, padres, familia, de maestros(as), demás figuras significativas, gobiernos que, de una u otra manera, tienen injerencia en la vida de niñas y niños, ejerciendo una positiva o nefasta influencia.

En ese sentido,  la responsabilidad que adquirimos al recibir a una niña o niño en nuestra vida, en la pareja, en la familia, en la comunidad, en un país, es inmensa. Solo tenemos en nuestras manos el presente y el futuro de una nación, su avance, su desarrollo, su paz, ¡casi nada!  Entonces la apuesta ante tal desafío  debe ser una sola: el compromiso y el amor, porque cuando una niña o un niño son tratados con ternura, cuando se sienten seguros(as), protegido(as), amado(as), acompañado(as), cuando son testigos del actuar ético y han sido formados(as) en valores democráticos, cuando tienen oportunidades de desarrollo, muy difícilmente actuarán en contravía  de lo aprendido; seguramente no levantarán la mano contra el otro para hacerle daño, rechazarán la violencia, serán incompatibles con la guerra y obrarán con respeto por la vida y la dignidad de sus congéneres. De esa importancia monumental es la calidad de relaciones y atención que ofrezcamos.

Ahora bien, ubicados en ese panorama, ¿Colombia puede aspirar a la paz total?

Tal vez la connotación de total sea una hermosa utopía que en este mundo de humanos imperfectos no sea alcanzable, máxime en este país en que la violencia y el delito se han naturalizado, enseñoreado, están a la orden del día y atraviesan todas las esferas de la sociedad, sin embargo, tenemos todos el imperativo ético y moral de hacer nuestro mejor esfuerzo por construirla con justicia, respeto por el otro, con bondad, sentido de solidaridad, compasión frente al que sufre y al que necesita, buscando siempre el bien común.

El hombre colombiano y la paz

Desde la pandemia a la fecha, las estadísticas señalan un aumento dramático de la violencia expresada en feminicidios, toda clase de maltrato contra niñas, niños,  jóvenes y mujeres, en el campo de batalla llamado familia, el lugar más inseguro y peligroso para muchos seres humanos.  El protagonista de esta tragedia humanitaria generalmente es el hombre, quien difícilmente ejerce su labor de buen padre y buen esposo, según el deber ser. En este punto cabe señalar que en Colombia hay más violencia a causa de las relaciones familiares deterioradas y conflictos mal gestionados, que como consecuencia de la violencia política, esto sumado a la violencia estructural que agudiza y enciende la problemática.

Por tanto, la utopía de la paz total expresada en el derecho al bienestar, a la tranquilidad, a la estabilidad, a la seguridad, al progreso, a la posibilidad de negociar los conflictos implica educar especialmente a  los hombres, pero también a las mujeres en el amor por su prole, en el compromiso, en la responsabilidad por nuestros actos,  en el respeto por el otro que hemos engendrado, en el acatamiento y ejercicio de los derechos,  en la tolerancia, en la justicia.  Es claro que si no contamos con hombres conscientes del daño que hacen con sus prácticas violentas, con su  abandono, negligencia  e irresponsabilidad, jamás habrá paz, porque las heridas y desiertos afectivos que dejan los padres ausentes son grandes.   También incluye indefectiblemente el ofrecimiento de oportunidades de parte de los gobiernos para que ciudadanas y ciudadanos tengan una vida digna; tiene que ver con trabajar por acabar con la corrupción, por el desarrollo social, científico, tecnológico y la protección y cuidado de la Tierra, nuestra casa mayor, fuente de recursos y sostén de la vida.

Solo atendiendo estos frentes de manera decisiva y adelantando un proceso educativo incidente con toda la población, que sensibilice, que haga tomar conciencia sobre los impactos de nuestra actuación y el daño que podemos ocasionar, que permita desarrollar empatía y emprender acciones reales de cambio,  es como lograremos construir una paz duradera, que aunque no total, facilite la construcción de una sociedad democrática, próspera, en la que sea posible dirimir los desacuerdos desde lo conversado, lo dialógico, el respeto y el amor, sin matarnos, cediendo privilegios generosamente porque finalmente nada nos llevamos, poniendo en primer lugar la protección de la vida y el bienestar que todos merecemos sin excepción.

El Gobierno Nacional actual, como ninguno,  tiene las ganas y la intención sincera de trabajar por la paz, de mejorar la calidad de vida de la población, pero cada ciudadana y ciudadano debe involucrarse y poner su grano de arena para que sea viable  ese derecho.  Ser solidarios con ese propósito es el camino y empezar ya por dar amor, cuidado y protección a los miembros de nuestro entorno familiar alejándonos de ideologías, procesos y doctrinas que privilegian y promueven la guerra.

“Siembra en los niños ideas buenas aunque no las entiendan…Los años se encargarán de descifrarlas en su entendimiento y de hacerlas florecer en su corazón”.  María Montessori.

Teniendo en cuenta la importancia de aportar a la construcción de una cultura de paz Sxxi.net continúa con su labor de educar a los hombres en el ejercicio afectivo y comprometido de la paternidad con su proyecto Paternar, mejor padre, mejor país, que incluye procesos de capacitación y publicaciones en el tema, consulta psicológica presencial y virtual, revista institucional, labor educativa que adelanta la entidad desde hace más de 20 años. Informes: 3194106483