Sxxi.net- Psychology-EcoSOciedad. La familia debería ser el escenario fundamental de nutrición emocional pero en ocasiones se transforma en el foco en el que se fractura la salud mental de las personas.
La familia es un sistema en el que cada interacción va más allá de lo visible e influye en el bienestar emocional o el malestar de sus miembros. Cuando el sistema se desempeña con equilibrio es, sin lugar a dudas, amparo y sostén frente a los requerimientos y exigencias cotidianas; sin embargo, cuando prevalece el desencuentro, puede transformarse en agente de deterioro de la salud mental.
La familia primera maestra de la emoción
En el territorio relacional llamado familia el ser humano aprende el lenguaje, desarrolla actividades motrices, construye emociones, sistemas de valores, sentimientos, formas de ver la vida, identifica el juego de roles social, y se instruye en cómo debe comportarse en el mundo.
Este cúmulo de experiencias, especialmente vividas en los primeros años de vida son tan importantes, que la ciencia las identifica como la fuente del 50% de los problemas de salud mental que padece un adulto como consecuencia de situaciones o asuntos no resueltos en la infancia.
Un estudio reciente de Borja y Serrano (2024), realizado en Colombia concluye: “Alrededor de la mitad de las patologías mentales en adultos provienen de traumas infantiles no resueltos”, corroborando que la familia es el agente socializador primario más crucial. Los autores resaltan que factores como la comunicación asertiva y la confianza son protectores esenciales; mientras que la violencia intrafamiliar y la separación de los padres, cuando no se tramitan adecuadamente, generan un malestar que trasciende lo emocional afectando el desempeño social de las personas.
Comunicación familiar en clave de inteligencia emocional
La salud mental no es sinónimo de ausencia de dificultades entre los miembros de la familia, es la disposición de cada persona que la compone a reaccionar superándolas. En tal sentido, si la comunicación circula con respeto y claridad, la familia le da el manejo al conflicto, resuelve amorosamente, sana la relación; si al acto comunicativo se obstaculiza con silencios o ataques, el nicho enferma.
La investigación de Zhao, Abdul Kadir y Abd Razak (2024) realizada con estudiantes universitarios en la Universidad Jiaotong de Xi’an (XJTU), una de las universidades más antiguas y prestigiosas de China, encontró una relación relevante entre el desempeño familiar, la inteligencia emocional y la disminución de síntomas depresivos. El estudio ratifica que el apoyo social que aporta la familia actúa como defensa contra la soledad y la desesperanza.
Los jóvenes vinculados al estudio que percibían su familia como territorio seguro exhibieron mayores niveles de inteligencia emocional, que les permitía manejar las situaciones apremiantes académicas y sociales con una fuerza interna que otros no tenían.
Por otro lado, el contexto cultural también contribuye al fortalecimiento personal; así lo demuestra el estudio de Guachamboza y Ponce (2024) enfocado en adolescentes indígenas que identificó el valor de las actividades comunitarias y la preservación de tradiciones como factores protectores que mantienen los niveles de depresión en niveles mínimos.
En estas comunidades, la comunicación se hace también mediante la vinculación al trabajo colectivo y al respeto por el linaje, emblemas que se constituyen enmedicinas vigorosas para la salud mental de la población. Dato importante para que los gobiernos nacionales y locales implementen, a manera de prevención, medidas de actuación atendiendo estos hallazgos, en el trabajo con niñas, niños y jóvenes.
¿Qué pasa cuando la familia es la herida?
Infortunadamente, no todas las familias son territorios seguros para sus miembros. La violencia intrafamiliar expresadaen golpes físicos, en violencia psicológica, en desprecio, indiferencia, abuso en todas sus formas, destroza la psique de los más frágiles dejando huellas que no se ven pero se sienten y deterioran el desarrollo personal, el ambiente familiar y social.
Investigaciones como la de Calero y Rojas (2025), llevadas a cabo en contextos de alta vulnerabilidad evidencian que los adolescentes expuestos a entornos abusivos sufren niveles perturbadores de ansiedad, depresión y trastorno de estrés postraumático (TEPT).
Vivir con miedo en el seno de una familia maltratadora lesiona la autoestima, afecta la autoimagen, la realización personal, influye negativamente en el rendimiento académico, expone a niñas, niños y jóvenes a reproducir la violencia creando un ciclo de pesimismo y desesperanza que se reproduce de generación en generación. Las cifras indican que el 70% de los jóvenes maltratados proyectan un futuro emocionalmente adverso si la violencia se mantiene.
Los datos muestran la importancia de tomar conciencia del papel y la responsabilidad que cumple la familia en la construcción de historias personales que valgan la pena vivir, y la urgente necesidad de implementar, desde la institucionalidad, intervenciones que rompan definitivamente con estos dañinos ciclos de violencia.
¿Qué debería ser la familia?
La familia debería ser el eje sobre el cual gire la estabilidad emocional de quienes la componen; el espacio seguro que muchos(as) anhelan; el territorio de conversaciones amorosas ausentes de juicios, centradas en el respeto mutuo; el abrazo solidario; el lugar del reconocimiento de nuestros valores; el refugio e impulso de sueños y proyectos; el amor primario que nos habilite para actuar en adelante con afecto, empatía y compasión.
La ciencia hace sus aportes, pero en nosotros está la comprensión de lo que debemos hacer, la construcción de consciencia sobre la incidencia positiva o negativa de nuestros actos en relación con niñas, niños y jóvenes y la práctica coherente.
¿Cuál es la versión que está construyendo para sus hijos(as)?
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