La «Caravana por la Memoria 2026» recorrerá Cundinamarca. Dignificación a las víctimas

El recorrido culminará el 12 y 13 de abril en Fusagasugá, donde se desarrollará el Encuentro Regional de Memoria Histórica de Cundinamarca, un espacio de diálogo, reflexión y construcción colectiva.

Del 9 al 14 de abril de 2026, el Centro Nacional de Memoria Histórica liderará un recorrido por seis municipios, que culminará con un gran encuentro regional en Fusagasugá. Lea también aqui la reseña de ¿Que le digo Yo? Ya no se sabía que dolía más» Daños psicosociales y resistencias en víctimas del paramilitarismo en Colombia. CNMH

Sxxi.net -Prensa CNMH Con el objetivo de promover el diálogo interregional, la visibilización y la escucha de la memoria histórica en los territorios, además de fortalecer los procesos organizativos de víctimas y comunidades, el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) realizará la Caravana por la Memoria de Cundinamarca, una movilización regional que recorrerá el departamento entre el 9 y el 14 de abril de 2026.

La iniciativa reunirá a organizaciones de víctimas, procesos comunitarios, instituciones y delegaciones de 22 departamentos del país y 35 municipios de Cundinamarca en un recorrido que conectará memoria, cultura y territorio. 

La caravana partirá desde Bogotá en el marco de la conmemoración del Día Nacional de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas, y avanzará por municipios como Caparrapí, Guaduas, San Juan de Rioseco, Albán (Chimbe), Viotá y Fusagasugá.

Un recorrido por la memoria viva del territorio

Durante seis días, la caravana participará en diferentes actos simbólicos, expresiones culturales, recorridos por lugares de memoria y encuentros comunitarios que visibilizan las historias de resistencia en Cundinamarca.

Entre los momentos más significativos se destacan:

  • El Museo de la Memoria de Yacopí, que será expuesto en Caparrapí, con la participación de expresiones de memoria de La Palma, Útica, La Peña y Guaduas.
  • En Guaduas, «La alborada por la memoria en el río Magdalena», en reconocimiento del río como víctima del conflicto. 
  • Un acto simbólico en el puente de la Libertad en Cambao, San Juan de Rioseco, en reconocimiento a las víctimas de los orígenes del conflicto en los años 40.
  • Recorridos por los murales de la memoria de Guasabara, en Bituima, y el espacio de memoria de la casa de las víctimas en Chimbe (Albán), donde llegarán delegaciones de Guatavita, Tocancipá, Zipaquirá, Bojacá, Facatativá, Sasaima, Beltrán y San Francisco a un intercambio regional de memoria.
  • En Viotá se participará en espacios de memoria, resistencia y construcción de una paz justa en la Casa Cultural Domingo Monroy y el IALA María Cano.
  • Encuentros culturales, artísticos y pedagógicos liderados por organizaciones de víctimas y por comunidades indígenas y campesinas, durante todo el recorrido. 

Fusagasugá, epicentro del Encuentro Regional de Memoria

El recorrido culminará el 12 y 13 de abril en Fusagasugá, donde se desarrollará el Encuentro Regional de Memoria Histórica de Cundinamarca, un espacio de diálogo, reflexión y construcción colectiva.

Allí se llevará a cabo:

  • La presentación del Plan Territorial de Memoria Histórica de Cundinamarca (PTM). 
  • Conversatorios sobre lugares y espacios de memoria a nivel regional y nacional. 
  • Una gran mándala colectiva de memoria, construida por las delegaciones participantes. 
  • Un acto ritual de cierre y el Festival por la Vida y la Memoria. 

El cierre de la Caravana por la Memoria de Cundinamarca será el 14 de abril en la casa de la memoria de Mafapo, donde las y los participantes expresarán sus conclusiones e impresiones de lo vivido durante todo el recorrido.

Memoria para la vida, la dignidad y la paz

La caravana hace parte de las acciones definidas en el Plan Territorial de Memoria de Cundinamarca, que busca consolidar procesos colectivos de memoria como base para la construcción de paz en el departamento.

Bajo el lema «La memoria florece en el territorio», esta movilización reafirma el papel de las comunidades como protagonistas de la reconstrucción histórica y la defensa de la vida, la dignidad, la justicia y la paz.

La «Caravana por la Memoria 2026» recorrerá Cundinamarca para
reconocer procesos de dignificación de las víctimas desde lugares
de memoria en el departamento
Del 9 al 14 de abril de 2026, el Centro Nacional de Memoria Histórica liderará un recorrido
por seis municipios, que culminará con un gran encuentro regional en Fusagasugá
Bogotá, D. C., abril de 2026. Con el objetivo de promover el diálogo interregional,
la visibilización y la escucha de la memoria histórica en los territorios, además de
fortalecer los procesos organizativos de víctimas y comunidades, el Centro
Nacional de Memoria Histórica (CNMH) realizará la Caravana por la Memoria de
Cundinamarca, una movilización regional que recorrerá el departamento entre
el 9 y el 14 de abril de 2026.
La iniciativa reunirá a organizaciones de víctimas, procesos comunitarios,
instituciones y delegaciones de 22 departamentos del país y 35 municipios de
Cundinamarca en un recorrido que conectará memoria, cultura y territorio. La
caravana partirá desde Bogotá en el marco de la conmemoración del Día Nacional
de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas, y avanzará por municipios como
Caparrapí, Guaduas, San Juan de Rioseco, Albán (Chimbe), Viotá y Fusagasugá.

Un recorrido por la memoria viva del territorio
Durante seis días, la caravana participará en diferentes actos simbólicos,
expresiones culturales, recorridos por lugares de memoria y encuentros
comunitarios que visibilizan las historias de resistencia en Cundinamarca.
Entre los momentos más significativos se destacan:

  • El Museo de la Memoria de Yacopí, que será expuesto en Caparrapí, con la
    participación de expresiones de memoria de La Palma, Útica, La Peña y
    Guaduas.
  • En Guaduas, «La alborada por la memoria en el río Magdalena», en
    reconocimiento del río como víctima del conflicto.
  • Un acto simbólico en el puente de la Libertad en Cambao, San Juan de
    Rioseco, en reconocimiento a las víctimas de los orígenes del conflicto en
    los años 40.
  • Recorridos por los murales de la memoria de Guasabara, en Bituima, y el
    espacio de memoria de la casa de las víctimas en Chimbe (Albán), donde
    llegarán delegaciones de Guatavita, Tocancipá, Zipaquirá, Bojacá,
    Facatativá, Sasaima, Beltrán y San Francisco a un intercambio regional de
    memoria.
  • En Viotá se participará en espacios de memoria, resistencia y construcción
    de una paz justa en la Casa Cultural Domingo Monroy y el IALA María Cano.
  • Encuentros culturales, artísticos y pedagógicos liderados por organizaciones
    de víctimas y por comunidades indígenas y campesinas, durante todo el
    recorrido.
    Fusagasugá, epicentro del Encuentro Regional de Memoria
    El recorrido culminará el 12 y 13 de abril en Fusagasugá, donde se desarrollará
    el Encuentro Regional de Memoria Histórica de Cundinamarca, un espacio de
    diálogo, reflexión y construcción colectiva.
    Allí se llevará a cabo:
  • La presentación del Plan Territorial de Memoria Histórica de Cundinamarca
    (PTM).
  • Conversatorios sobre lugares y espacios de memoria a nivel regional y
    nacional.
  • Una gran mándala colectiva de memoria, construida por las delegaciones
  • participantes.
  • Un acto ritual de cierre y el Festival por la Vida y la Memoria.
    El cierre de la Caravana por la Memoria de Cundinamarca será el 14 de abril en la
    casa de la memoria de Mafapo, donde las y los participantes expresarán sus
    conclusiones e impresiones de lo vivido durante todo el recorrido.
    Memoria para la vida, la dignidad y la paz
    La caravana hace parte de las acciones definidas en el Plan Territorial de Memoria
    de Cundinamarca, que busca consolidar procesos colectivos de memoria como
    base para la construcción de paz en el departamento.
    Bajo el lema «La memoria florece en el territorio», esta movilización reafirma el
    papel de las comunidades como protagonistas de la reconstrucción histórica y la
    defensa de la vida, la dignidad, la justicia y la paz.

Reseña del Informe del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH, 2024)

En septiembre de 2024, el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) publicó «¿Qué le digo yo? Ya no se sabía qué dolía más», un informe psicosocial que representa uno de los ejercicios más exhaustivos realizados en Colombia para comprender las huellas invisibles que la violencia paramilitar dejó en las personas, las familias y las comunidades. Con casi 490 páginas, el documento da voz a cientos de víctimas y sobrevivientes cuyo sufrimiento, durante décadas, fue minimizado, silenciado o simplemente ignorado por la sociedad y el Estado.

Un mandato ético y jurídico: visibilizar el dolor

La investigación fue liderada por Maritza Yaneth Villarreal Duarte como investigadora y relatora principal, con la coinvestigación de Mariana Cano Márquez y Eliana Carolina Carrillo Rodríguez, bajo el marco institucional de la Dirección de Acuerdos de la Verdad (DAV) del CNMH. Su propósito central es contribuir a la dignificación de las víctimas mediante la identificación y validación de los daños psicosociales causados por el paramilitarismo, dando cumplimiento a mandatos establecidos en la Ley 1424 de 2010 y la Ley 1448 de 2011, conocida como la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras.

El informe parte de una premisa fundamental: el daño no existe en abstracto, sino que es subjetivo, relacional y culturalmente situado. Solo puede ser comprendido a través de quien lo vivió, y solo puede ser enunciado cuando existe alguien dispuesto a escuchar. Por eso, la metodología adoptada fue cualitativa, apoyada en una muestra intencional de 99 contribuciones voluntarias de víctimas y testigos, además de 14 investigaciones previas de la DAV sobre estructuras paramilitares que operaron en distintas regiones del país.

El mapa del sufrimiento: cuatro dimensiones, cuatro tipos de daño

El informe organiza su análisis alrededor de una taxonomía rigurosa del daño psicosocial, desagregado en cuatro tipos y cuatro dimensiones que se superponen y retroalimentan permanentemente.

En cuanto a los tipos, se identifican: el daño psicoemocional, que abarca el miedo, el terror, la tristeza, los duelos inconclusos, los terrores nocturnos y la privatización del sufrimiento; el daño moral, relacionado con la transgresión de los sistemas de creencias, el menoscabo de la dignidad, la honra y el buen nombre; el daño al proyecto de vida, entendido como la fractura de las posibilidades individuales y colectivas de futuro; y el daño sociocultural, que comprende la ruptura del tejido comunitario, la pérdida de tradiciones, la transformación de las economías locales y el debilitamiento de la identidad colectiva.

Estas tipologías se expresan en cuatro dimensiones: la individual, la familiar, la colectiva y la diferencial —esta última referida a los impactos específicos sobre mujeres, comunidades étnicas, personas con orientaciones sexuales e identidades de género diversas, y niños, niñas y adolescentes.

La dimensión individual: cuando el cuerpo recuerda lo que la mente quisiera olvidar

El capítulo dedicado a la dimensión individual del daño es uno de los más poderosos del informe. A través de los testimonios de las víctimas, el texto revela cómo el miedo y el terror no fueron simplemente emociones pasajeras, sino experiencias corporales y psíquicas que se instalaron de manera duradera en quienes sobrevivieron a la violencia paramilitar.

El informe identifica una forma particular de sufrimiento denominada «privatización del sufrimiento»: ante el peligro de expresar públicamente el dolor, las víctimas aprendieron a callar, a guardar el luto de manera privada, a disimular la tristeza para no atraer sospechas o represalias. Este silencio impuesto no fue neutral: generó angustia, desesperanza, y en muchos casos se manifestó en enfermedades físicas que funcionaron como expresión somática de lo inexpresable.

Otro hallazgo relevante es el fenómeno de los duelos inconclusos. La imposibilidad de recuperar los cuerpos de los seres queridos, de realizar los rituales funerarios propios, de llorar abiertamente a los muertos, dejó a muchas personas y familias en un estado permanente de duelo suspendido. El informe señala que este tipo de daño tiene además un carácter transgeneracional: los hijos e hijas de las víctimas heredan no solo el silencio y el miedo, sino también esquemas de relacionamiento y mecanismos de alerta que fueron funcionales en tiempos de violencia pero que se convierten en cargas en tiempos de paz.

La dimensión familiar: cuando la violencia entra a la casa

Si la dimensión individual revela lo que el paramilitarismo hizo a cada persona, la dimensión familiar muestra lo que hizo a los lazos que las unían. El informe documenta con detalle cómo la violencia paramilitar transformó de manera abrupta los roles y formas de funcionamiento de las familias colombianas.

Ante el asesinato o desaparición de padres, esposos, hijos o hermanos, muchas mujeres debieron asumir simultáneamente el rol de proveedoras económicas, madres, cuidadoras y sostén emocional de sus familias. Esta sobrecarga de funciones, que las investigadoras vinculan con mandatos patriarcales históricamente asignados a las mujeres, generó una invisibilización sistemática del propio sufrimiento femenino: mientras cuidaban el dolor de los demás, postergaban indefinidamente el suyo.

El informe identifica también la fragmentación de los vínculos familiares como una de las consecuencias más persistentes de la violencia. Las relaciones de pareja fueron especialmente vulnerables: el miedo, la culpa, los pactos de silencio y los cambios abruptos en los roles generaron distancias que, en muchos casos, derivaron en separaciones definitivas. En familias con víctimas de desaparición forzada, el dolor fue descrito como una herida sin cierre, una angustia cronificada que definió la vida familiar durante años.

La expresión «muerte por pena moral» aparece en varios testimonios para describir el deterioro físico y mental de algunos familiares que, incapaces de procesar el dolor de la pérdida violenta de un ser querido, fueron apagándose gradualmente. Este fenómeno, que el informe documenta con rigor, ilustra cómo el daño psicosocial puede tener consecuencias letales aunque no provengan directamente de un proyectil o un arma.

La dimensión colectiva: el paramilitarismo como destructor de comunidades

Quizá uno de los aportes más originales del informe es su análisis de los daños en la dimensión colectiva. Más allá de las víctimas individuales, el paramilitarismo tuvo una estrategia deliberada de destrucción del tejido social: su objetivo no era solo eliminar personas, sino desarticular comunidades, romper vínculos, instalar el miedo como regulador de la vida pública y legitimar un nuevo orden social basado en el dominio armado.

El informe documenta cómo los grupos paramilitares impusieron códigos morales de corte patriarcal que regularon desde la vestimenta hasta las formas de relacionamiento sexual. En algunos territorios, llevar botas de caucho podía significar ser identificado como guerrillero; en otros, el uso de mochilas tradicionales fue prohibido. Estas imposiciones aparentemente triviales tenían una función profunda: normalizar la vigilancia, instalar la delación y disolver la confianza entre vecinos.

La estigmatización fue una herramienta central del control social paramilitar. Al señalar a comunidades enteras como colaboradoras de la guerrilla, los grupos armados justificaron masacres, desplazamientos y despojos. Pero más allá de las consecuencias inmediatas, la estigmatización dejó una huella en la memoria colectiva: la noción del «enemigo interno» se instaló en las comunidades, generando desconfianza, aislamiento y debilitamiento de la identidad colectiva.

En las esferas política y económica, el paramilitarismo también causó daños profundos. Líderes y lideresas sociales fueron asesinados, amenazados o silenciados. Organizaciones comunitarias fueron desmanteladas. La cooptación de la institucionalidad local por parte de estructuras paramilitares dejó a las comunidades sin referentes legítimos de autoridad. Economías locales que durante generaciones habían sostenido a familias campesinas, indígenas y afrodescendientes fueron transformadas o destruidas, obligando a poblaciones enteras a adaptarse a formas de producción impuestas por los actores armados.

La dimensión diferencial: violencias que no afectan a todos por igual

El informe reconoce explícitamente que la violencia paramilitar no afectó a todas las personas de la misma manera. La dimensión diferencial del análisis revela cómo el género, la pertenencia étnica, la orientación sexual, la identidad de género y la edad determinaron formas específicas y desproporcionadas de afectación.

Para las mujeres, el informe identifica una doble victimización: por un lado, sufrieron violencias directas —incluyendo violencia sexual de carácter sistemático—; por otro, los mandatos de género patriarcales que imperaban en sus comunidades —y que fueron exacerbados por el orden paramilitar— las llevaron a invisibilizar su propio dolor, priorizando el sufrimiento de sus hijos, esposos y padres. El informe señala que en muchos casos las mujeres ni siquiera lograban nombrarse a sí mismas como víctimas.

Para las comunidades indígenas y afrodescendientes, la violencia paramilitar representó una amenaza a la supervivencia cultural misma. El desplazamiento forzado no fue solo la pérdida de un territorio físico, sino la ruptura de vínculos espirituales, la interrupción de la transmisión de saberes ancestrales, y la imposibilidad de realizar prácticas rituales fundamentales para la reproducción de la identidad colectiva. El pueblo wayuu, por ejemplo, vio afectada su capacidad de realizar los rituales funerarios propios de su cultura, dejando a sus muertos —y a los vivos— en un estado de limbo espiritual.

Las personas con orientaciones sexuales e identidades de género diversas sufrieron el rigor del código moral patriarcal impuesto por el paramilitarismo. El informe documenta cómo el control sobre los cuerpos y las sexualidades fue parte estructural de la estrategia de dominio territorial. La violencia contra personas LGBTIQ+ no fue accidental ni episódica: fue sistemática y funcional al proyecto de control social paramilitar.

En cuanto a los niños, niñas y adolescentes, el informe revela cómo la violencia interrumpió su desarrollo, les negó el derecho a la educación, los expuso a traumas que aún no han sido atendidos, y en muchos casos los convirtió en adultos prematuros forzados a asumir responsabilidades que no correspondían a su edad.

Resistencias y afrontamiento: la vida que persiste

Uno de los aspectos más esperanzadores —y a la vez más profundos— del informe es su capítulo dedicado a los mecanismos de afrontamiento y resistencia. Las investigadoras partieron de una premisa ética fundamental: las víctimas no son solo sujetos de daño, sino también agentes de su propia recuperación.

El informe documenta una diversidad notable de estrategias de resistencia desplegadas por personas, familias y comunidades: desde actos individuales de valentía hasta procesos organizativos colectivos; desde la preservación de rituales y tradiciones culturales hasta la reconstrucción de memorias y narrativas propias. Las redes de solidaridad comunitaria, el tejido de vínculos afectivos, el cuidado mutuo entre vecinos y familiares fueron formas de resistencia que, con frecuencia, pasaron desapercibidas pero que resultaron fundamentales para la sobrevivencia.

El informe también reconoce el papel de la memoria histórica como mecanismo de transformación. Narrar lo sucedido, poner en palabras el sufrimiento, construir relatos compartidos sobre la violencia, fue —y sigue siendo— una forma de resistencia que permite a las comunidades resignificarse y proyectarse hacia el futuro. La propia elaboración de este informe es parte de ese proceso: al sistematizar y legitimar los testimonios de las víctimas, el CNMH contribuye a un proceso de reconocimiento que tiene implicaciones terapéuticas, políticas y éticas.

Conclusiones: lo que Colombia aún debe asumir

El informe cierra con conclusiones que interpelan directamente al Estado y a la sociedad colombiana. La vulnerabilidad psicosocial identificada en ciertos territorios —aquellos con mayor exposición histórica a actores armados y menor presencia institucional— no es una condición natural de esas comunidades, sino el resultado acumulado de décadas de abandono, violencia estructural y conflicto armado. Abordar esta vulnerabilidad es, según el informe, una condición indispensable para garantizar la no repetición.

El carácter transgeneracional del daño psicosocial es quizá la conclusión más urgente del documento: los hijos y nietos de las víctimas directas cargan con herencias invisibles de miedo, silencio y trauma que, si no son atendidas, reproducirán el ciclo de vulnerabilidad. La atención psicosocial a las víctimas del conflicto armado no puede ser tratada como un asunto residual o burocrático: es una deuda ética que Colombia tiene con varias generaciones de colombianos y colombianas.

Al mismo tiempo, el informe invita a una reflexión sobre los límites del lenguaje y del conocimiento para capturar la experiencia del sufrimiento extremo. La investigación reconoce que hay experiencias-límite que no pueden ser completamente nombradas, y que el silencio de muchas víctimas no es indiferencia ni resignación, sino una respuesta adaptativa a lo inimaginable. Por eso, el acompañamiento de investigadores y testigos dispuestos a sostener ese dolor sin pretender resolverlo es una condición metodológica y también ética.

«¿Qué le digo yo? Ya no se sabía qué dolía más» es un informe que incomoda, que sacude y que obliga a quien lo lee a confrontar una parte de la historia colombiana que aún duele. Pero es también un documento que —al dar voz a las víctimas, al validar su sufrimiento y al reconocer su capacidad de resistencia— contribuye a ese proceso doloroso e imprescindible de construcción de verdad, reconciliación y paz que Colombia todavía está aprendiendo a transitar.

Ficha técnica

Título: «¿Qué le digo yo? Ya no se sabía qué dolía más». Daños, afectaciones psicosociales y recursos de afrontamiento en víctimas y sobrevivientes de violencia paramilitar en Colombia. Autoras: Maritza Yaneth Villarreal Duarte (investigadora y relatora principal); Mariana Cano Márquez y Eliana Carolina Carrillo Rodríguez (coinvestigadoras). Institución: Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) – Dirección de Acuerdos de la Verdad. Año: 2024. Primera edición. ISBN impreso: 978-628-7561-90-8 | ISBN digital: 978-628-7561-91-5 Páginas: 488.

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