
Cuatro trapos en una caja de manteca
En Fusagasugá, a una hora de Bogotá, hay una palabra para los niños que terminan en la calle: gamines. Edgar Rodríguez la pronuncia sin esconderse. «El término gamín es nuestro», dice, «el del chino de la calle que sale porque no se lo aguantan en la casa». Y añade, entre risas, que su mamá aún lo cree: «Mi mamá decía que todavía lo era. Que todavía lo soy».
Su salida fue distinta. Tenía doce años y medio, y según él era un niño «díscolo», de esos a quienes, en aquel tiempo, se corregía «a garrote o a despido». Su madre, una mujer creyente, le empacó cuatro trapos en una caja de manteca y le dijo: «Váyase y acomídase, porque usted aquí no tiene futuro».
Para los vecinos fue un acto de dureza. Para él, con los años, fue lo contrario: «Mi mamá tuvo tanto amor que dijo: a este no hay que darle más garrote, quédate libre para que vueles». Seis meses después de aquella partida, su vida cambió.
«La fe no es esperanza, es seguridad.» — Edgar Rodríguez
Cuando él ya estaba lejos, su madre no lo supo hasta mucho después: ella solo rezaba para que siguiera donde estaba. «Me dijo, años más tarde: yo solo quería que siguieras ahí, y estaba hablando con Dios para que siguieras ahí». Él, que ese día estaba en Cusco, le había enviado fotografías para tranquilizarla. Todavía se le quiebra la voz al contarlo.
El andén y los dos extranjeros
El encuentro ocurrió casi por azar. Un hermano suyo «echaba el cuento» de las pocas palabras en inglés que se aprendían de los avisos: Coca-Cola, Johnson & Johnson y poco más. Edgar las repitió desde un andén cuando pasaban dos extranjeros, un británico y un estadounidense. Los hombres se devolvieron, le preguntaron qué quería decir y, al saber que no tenía padre ni madre que lo reclamaran, lo llevaron a una finca en Fusagasugá.
«Y ahí empezó una historia hermosa», resume. «Conviví con muchos jóvenes norteamericanos. Mi primera novia fue norteamericana».
La finca de los misioneros
La comunidad era cristiana, de origen extranjero, y su misión era formar misioneros colombianos para que no repitieran los sufrimientos de los extranjeros en las selvas del Guaviare y el Guainía, donde —cuenta— varios perdieron la vida a manos de la guerrilla. En la finca todos trabajaban: construían casas y salones para los nuevos alumnos. Y se hablaba inglés. «Era una obligación», recuerda, «y yo no lo hablaba».
Adoptar niños no era parte de la misión. Él insistió hasta quedarse: «Me dijeron varias veces que no, y yo les dije: yo no me voy». Le dieron una cama en un galpón, sobre colchones de trasteos que dejaban los misioneros que se iban, compartida con «las jarigüeyas y las ratas». Dormir allí, dice, era dormir con el miedo de un niño. Aun así lo cuenta sin amargura: «Para un chino era mejor estar ahí que por la calle pidiendo cosas. Dios supo cómo lo hacía, doctor. De lo cual estoy muy orgulloso y muy agradecido».
Con el tiempo, por buen comportamiento, lo pasaron a vivir mejor. Se convirtió en líder de jóvenes y la misión lo llevó al barrio Progreso, un barrio popular de Fusagasugá que dice querer «tanto».
Las familias que lo criaron
No fue una sola familia, sino varias. Primero estuvieron los Banaban — Pat y Jim—, padres de Richard y de otros muchachos, «gente en la que tú veías el amor». Antes hubo un misionero de ascendencia italiana, Pablo de Marchi. Y luego, los que hoy sigue llamando sus padres adoptivos: David y Christina Brown.
«David Brown es el hombre que yo reconozco como el que más me amó», afirma, «porque fue muy fiel en la educación, en la formación, en la consejería». Viven todavía en Fusagasugá y, dice, siguen orando por él en medio de las dificultades recientes.
Nadie, aclara, necesitaba anunciar a qué familia pertenecía. «Todos aportaban para el crecimiento de uno, la educación de uno, la formación y el sostenimiento de uno».
Los ojos que no eligió
Hay una escena que repite como lección de vida. Una joven estadounidense le dijo que era feo: sin pestañas, sin cejas, sin los ojos azules de Richard. Lo encontró llorando su padre adoptivo, quien lo citó en su oficina al día siguiente. Ahí le preguntó de qué color quería los ojos. «Azules», respondió. El hombre se los pintó sobre un parche blanco, le quitó las gafas, le tapó los ojos con el parche y le prestó la moto: «Dale una vuelta por la finca con tus ojos azules».
Se cayó casi de inmediato. Pidió que le quitaran el parche. «No, George: veinticuatro horas con tus ojos deseados». Fue un día entero de ceguera. «Mi papá me enseñó que el valor está en el ver, no en los ojos». Desde entonces, asegura, ama «estos ojos de rana platanera, que no tienen ni cejas ni pestañas, porque me permiten ver espectacularmente». Los tiene, dice, enmarcados por sus gafas.
El inglés se aprende en el baño

Lo encerraron en un baño con un parlante. Los baños de los extranjeros, descubrió el niño, eran casi oficinas: revistas, un televisor pequeño, grabadoras, buenos olores y tapetes. «Yo decía: quiero dormir aquí». El parlante repetía palabras sueltas: pencil, school, book.
El primer día no pasó nada. El segundo, a las ocho de la mañana, se acostó en el piso y hacia las diez empezó a repetir: book, table. Llevaría cinco palabras cuando golpearon la puerta, entraron tres o cuatro personas de la familia y aplaudieron.
«Yo no estoy haciendo nada, tranquilo», dijo él, con la desconfianza de quien cree que todo lo que hace está mal. «Se estaba repitiendo», le respondieron. El premio fue un Chocorramo y una Coca-Cola, «cosas para ricos en ese tiempo». Debajo, diez cartillas y diez casetes.
De ahí pasó al cuarto, con la misma regla: no estudiar, solo repetir. «Lo que dice aquí, lo repite aquí; lo que escucha aquí, lo repite aquí, y ya». Tres semanas después hablaba. Al salir a jugar con los demás niños ya entendía las expresiones propias del habla cotidiana.
Una pedagogía sin gramática
De esa experiencia salió una convicción que ha defendido toda la vida: un idioma se aprende como lo aprende un bebé, cuando encuentra sentido. «Cuando a él le encuentras sentido a decir: ¿y por qué?, ¿y para qué?, ¿y qué es esto?, entonces quiere hablar más». Pedirle a alguien que defina el pasado perfecto o los estados del verbo to be, dice, es como pedirle a un mecánico que explique la teoría antes de montarse en la bicicleta.
De ahí vino también el gusto por enseñar: español a extranjeros, inglés a locales, idiomas indígenas con las tribus de la selva. Hoy es profesor de inglés, y reconoce que partió de lo empírico y después lo reforzó con una licenciatura.
Critica con dureza que los sistemas educativos estigmaticen a quien no tiene título. De sus hijos, dice, varios van a las universidades, pero no a estudiar sino a enseñar. «Para ellos y para mí somos especialistas, porque sabemos lo que hacemos, lo que enseñamos y cómo lo logramos». Propone, además, valorar en lugar de calificar.
Selva, micrófono y siete regresos
La formación misionera no era de aula. En Villavicencio, el entrenamiento teológico exigía vivir lo que se predicaba. Conserva fotografías de su paso por los Nukák Makú, una tribu nómada del Guaviare. Esa experiencia, dice, fue la que después le abrió puertas «en la radio, en las editoriales, en los gobiernos».
El inglés y la experiencia internacional lo llevaron a Inglaterra, Estados Unidos, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Panamá, México y España, y a Cusco, en Perú, desde donde envió aquellas fotografías a su madre. Estudió teología y, «un poco», de aviación. «¿Quién se iba a imaginar que yo iba a estar en esas partes del mundo?», se pregunta, «desde una salida con lágrimas y tristezas de mi mamá y mi papá».
Volvió a Colombia, dice, buscando a su madre: quería que supieran que no se había perdido en la calle. Sus hermanos —algunos periodistas, trabajadores sociales, intelectuales— ya vivían su vida. Lo metieron a la radio. Entre los nombres que recuerda del oficio están Jorge, Manuel, William y el propio Darío; él se describe, con humor, como «el que menos» preparación radial tenía. Trabajó en cadenas nacionales como RCN y Antena 2, y en emisoras de Yopal, Casanare, Villavicencio, Cali, Barranquilla y otras regiones.
El proyecto que nadie quiso
Todo regreso tuvo un obstáculo: su propuesta de enseñar inglés a los niños de Fusagasugá. Cuenta que se la llevó a un candidato a la alcaldía, que le hizo promoverla por una emisora y luego dejó de hablarle. Lo vivió como un doble costo: tuvo que irse del municipio, y además ya lo había hecho cometer, cree, una falta con otro candidato amigo suyo, al trabajar en la radio.
Treinta años después, relata, volvió a proponerlo a un alto dirigente a quien ve cada semana. La respuesta: «Es imposible. Un partido maneja la educación, y ellos manejan el negocio y los libros. Si usted pone a hablar inglés a todo el país, se acaba el negocio». Algo parecido le ocurrió en Cali con el Colombo Americano. Su conclusión: «Lo que la gente tiene es un negocio, no el instinto de servirle al pueblo».
Por sus posturas, asegura, ha tenido que salir de Fusagasugá «más de siete veces». Lo amenazaron, volvió, se fue otra vez. «Yo siempre decía: no vuelvo a este pueblo. Pero si Dios me trajo, me dio tantas vueltas en este mundo para algo, si es en una esquina, en un parque, en un potrero, voy a enseñar».
La caneca misionera
Su generosidad, admite, escandalizó a su madre, que lo reprendía por prestar plata a sus hermanos y gastarla «en las tiendas». Él la defiende con una costumbre de la misión: la caneca misionera, un cajón donde cada uno dejaba la ropa que no usaba y tomaba la que necesitaba. «Lo que no ibas a utilizar no lo guardabas debajo de la cama, lo ponías donde alguien que lo necesitara lo tomara».
Y a quienes lo juzgan, responde con un refrán campesino: «Al sapo no lo puedes convertir en león ni en gallina». Cada persona, dice, es una parte de un cuerpo: el dedo no puede funcionar como hígado. «Yo no le debo nada a nadie, excepto a Dios y a la gente que Dios ha puesto en mi camino».
El periodista y el poder
Para entender por qué el Teacher se enfrenta a los políticos hay que volver a su padre. José Joaquín Rodríguez, al que todos llamaban «José Bonito», fue durante años el camionero de confianza de don Gabriel Camargo, desde los tiempos de un Jeep Willys con el que llegó la familia Camargo a Fusagasugá. «Mi papá nunca pasó una Navidad ni un 31 de diciembre con nosotros», recuerda. Trabajaba, no recibía sobres «por debajo» y, aun así, un día lo acusaron de desagradecido.
Aquella discusión, que tuvo con una señora a la que dice querer y apreciar, le dejó una idea fija: se agradece a Dios, no al patrón. «Mi papá trabajaba, y Dios fue el que nos mantuvo». De ahí, dice, viene su incomodidad con quienes usan dineros públicos para regalar kits o mercados y presentarse como benefactores. «Un político haciéndote creer que tú vives gracias a él: eso es completamente falso».
Su argumento es sencillo y lo repite de varias maneras. El alcalde es un empleado público; el pueblo es su patrón. «¿Por qué al alcalde se le debe tratar distinto que al barrendero?».
Las puertas que se cierran
Ese discurso le ha costado trabajos. «Me han echado de las emisoras, de los medios y de los pueblos», afirma, y dice que le han hecho atentados «por decir la verdad». A sus 61 años resume su balance personal así: siete hijos, seis nietos, «dos botellazos, una traición, un carcelazo de cinco días y un gran amigo como tú». Es su palés, dice. «¿Qué me voy a llevar, doctor? La moral, las cuentas que le voy a presentar al Señor».
Añade, sin rodeos, que se casó cinco veces, y que no lo considera un desprestigio: «No me metieron a la cárcel por haber agredido a una mujer ni por ser irresponsable con los hijos». Las madres de sus hijos, cuenta, se sientan hoy a su mesa y reciben a sus nuevos esposos. «Aquí no prima sino el respeto y el amor».
El Canal T
Tras sus regresos a Fusagasugá, trabajó con tres canales locales. Según relata, a la semana ya no estaba en uno de ellos: señala que a otros los sacaron por presión de la corrupción, y que a quien trabajara con él le amenazaban con quitarle el puesto a sus familiares. Por eso fundó su propio canal, el Canal T, de «Teacher», en Facebook, «y empiezo ya libremente a hablar sin impedimento alguno».
A partir de ahí llegaron las amenazas, que dice haber denunciado:
- Dos hombres en una moto lo persiguieron.
- Un mensaje de WhatsApp le advirtió: «o se aquieta o lo acallamos».
- Le mostraron en un teléfono la fotografía de dos de sus hijas, que vivían en Medellín.
El ataque a su hijo y cinco días en la cárcel
De todo lo que ha vivido, lo más duro, dice, fue el ataque a su hijo, nacido en 1998. Según cuenta, el joven recibió heridas gravísimas: perdió más de tres litros de sangre, sufrió un infarto cerebral y varios ataques al corazón. Lo remitieron a Bogotá para tres operaciones. El gerente del hospital, relata, le dijo que no podían creer lo que ocurría: «Tiene un quemonazo en el cerebro y se le borraron tres días. Eso es imposible».
Seis días después, los médicos hablaron de una afasia: el joven había quedado sin habla, aunque con terapias podría recuperarla. Cuando por fin salió del hospital, su padre tuvo que comprarle ropa nueva, porque la que llevaba ya no le quedaba. Hoy, dice, no habla aún perfectamente, pero «entiende perfectamente su español y su inglés». Para el Teacher, aquello es un milagro. «Nosotros celebramos el milagro de Dios, no la desgracia».
Quién, según él
El Teacher no tiene dudas sobre el origen. «Esto fue un atentado», sostiene, «y lo cometieron personas a las que yo había denunciado antes como presuntos autores intelectuales». Afirma que seis personas participaron en el intento de homicidio, en un grupo de diez. Hay un joven detenido, del que ni siquiera sabe si es culpable. Y reprocha el silencio de las autoridades municipales, mientras otras personas, cuenta, hablaban de una «riña» en un partido de fútbol.
«Estamos esperando que se acaben los términos», dice sobre el proceso. «Pero Dios es el que sabe».
Trece tutelas, siete desacatos, cuatro condenas
En medio del dolor, descuidó el correo. Cuando se dio cuenta, tenía acumuladas trece tutelas, siete desacatos y cuatro condenas. «Llego a la cárcel por culpa mía, por un desacato», reconoce. Se entregó al público con una frase: «Listo, vamos a la casa». Estuvo cuatro noches, cinco días.
Lo cuenta sin dramatismo. Habla del trato de la policía, de funcionarios de la fiscalía y de gente que le decía que solo había que esperar. «Nunca planeas un carcelazo, que es muy triste estar solo en un cuarto tan reducido». Pero no perdió el tiempo: llevó una laptop sin conexión y escribió un libro, Un canalla de cuello blanco, que espera publicar pronto. Estudia Derecho desde hace un año, porque «la vida, dice mi padre, es para aprender y para enseñar».
«Si me van a matar, ¿por qué me voy a callar? Y si no me van a matar, ¿por qué me voy a callar?»
¿Alcalde? «Lo que Dios quiera»
La primicia llegó al final de la entrevista. Según cuenta el Teacher, dos partidos políticos distintos le han propuesto, cada uno por su lado, que sea su candidato a la alcaldía de Fusagasugá. Él se ríe: «En mi vida intentaría ser una de estas personas». Dice respetar a los políticos —»tengo amigos políticos»— pero también tener «videos e historias de porquerías que se hacen en una alcaldía, en un hospital, en una universidad».
Su respuesta es condicional, y la repite tres veces: si es la voluntad de Dios, lo hará; si no, seguirá trabajando para la gente. Recurre a Moisés, que no quería serlo y era tartamudo: «Dios le dijo: aquí está Aarón, que será tu voz». Si lo llaman, irá; si Dios elige a otro, «que sea otra persona». Hay, además, una advertencia: no se considera «la persona más preparada»; llegar a una alcaldía, dice, «tiene que ver con meter gente que sepa».
Cuenta que en la calle la gente lo detiene para decirle «estoy con usted», y que le han ofrecido apoyo con «100 pollos» o con «mi carrito para llevarlo para arriba o para abajo».
Qué haría desde el despacho
Lo que describe es una administración de ONG más que de partido. Tiene, dice, vínculos con «mil iglesias en Estados Unidos» y les pediría:
- Veinte mil portátiles para los niños del municipio.
- Veinte mil bicicletas, «para que hagamos deporte y no llenemos esto de motos».
- Recursos para enseñar inglés y también inteligencia artificial.
- Cámaras para la seguridad del pueblo.
Su eje sería la transparencia: «Yo no soy el dueño de este mundo, soy un empleado, y como empleado debo responsabilizarme con mis patrones». Y añade una advertencia a quienes ocupan cargos: «Mañana se van y tendrán que entregar cuentas a Dios».
Cuando se le pregunta por su «final feliz», responde con una frase que cabe en una línea: «Que los niños tengan una mejor comida hoy y un mejor futuro tecnológico e informativo».
Sxxi.net lo acompaña en el análisis: ve en esta conversación «una apertura formal, un lanzamiento», y la enmarca en el proyecto de ecosociedad y ecociudades que impulsa la Fundación Siglo XXI.
Veinte libros y una teoría del cerebro
El Teacher escribe desde los catorce años. Fue entonces cuando un misionero de su misma comunidad envió tres textos suyos a Selecciones del Reader’s Digest, «esa revista que todavía existe». Uno de ellos relataba cómo una persona mató brutalmente a una perrita delante de su esposa y sus hijos: «una cosa aterradora, muy triste, pero muy real». «Ahí empezó mi vida de escritor».
Hoy suma veinte libros, muchos de ellos historias. Los comentados en la entrevista:
| Título | De qué trata |
| Sibaté Patio Central | 249 páginas sobre charlas y situaciones en el hospital psiquiátrico de Sibaté, con nombres ficticios |
| El milagro de Dios | Una danta, animal que todos querían cazar, salva a una bebé a la que se estaban comiendo las hormigas; historia vinculada a la tribu Nukák Makú |
| Un pueblo con síndrome de Estocolmo | Ensayo sobre un país que, defiende a quienes lo manipulan |
| Los códigos del poder | Su teoría de la codificación cerebral, trabajada durante 14 a 16 años |
| Un canalla de cuello blanco | Escrito en la cárcel; aspira a publicarlo pronto |
Sus libros, están en Amazon y otras plataformas.
Los códigos del cerebro
Su obra más ambiciosa es una teoría propia. Según cuenta, trabajó como traductor de Howard Gardner, el autor de la teoría de las inteligencias múltiples, para una editorial española con sede en Colombia, y una vez tuvo que sustituirlo en conferencias universitarias en Bogotá, tras leer su libro en tres días. De ahí nació la discrepancia. Gardner le pareció «muy técnico y muy primario».
La teoría del Teacher parte de una pregunta: si en el cerebro no hay nada tangible, ¿dónde está la tristeza, la alegría, el olor, el sabor? Para él, las habilidades —la kinestésica, la matemática, la lingüística— son capacidades que provienen de Dios, que las otorgó al primer hombre al crearlo «a imagen y semejanza». Y sostiene que la sociedad quiso ocultarlas «para que la gente no se sienta capaz».
Películas sin Hollywood
Hoy se declara «feliz con la inteligencia artificial». Estudia cómo llevar su primera historia, el milagro de la tribu Nukák Makú, a una película: «Ya no es necesario hacer cola con Netflix o Hollywood para que te escuchen una historia; la puedes sacar con una buena IA de video». Y si algún día tuviera un cargo público, dice, volcaría a niños y jóvenes hacia la inteligencia artificial: «Es una defensa que a nosotros nos ha funcionado».
Sobre la política nacional, su posición es esquiva a los bandos: «No soy ni de derecha ni de izquierda. Soy una persona que siente que el país está siendo manipulado».
Lo que le diría a las familias
La entrevista terminó donde empezó: en la casa. Al anfitrión le interesaba un mensaje breve para los padres de hoy. El Teacher, que es padre de siete hijos, no lo dio breve.
«El amor no siempre está demostrado en guardar silencio o aceptar actuaciones de los hijos», dijo. «La Biblia dice que el padre que ama a sus hijos lo disciplina, y mi madre, en su amor, quería que yo fuera alguien en la vida». Hoy, advierte, «uno ve padres que le acolitan todo a los hijos pensando que eso es amor. No: amor es procurar que este muchacho llegue a un buen término y no tenga que sufrir tanto como sufren los muchachos en la calle».
Al final de la última parte, amplió la idea: «El amor no siempre es: haz lo que quieras conmigo o con la vida, sino más bien: relájate, pero vive responsablemente». Reconoció que, para mucha gente, «yo podría ser el peor padre». Pero a sus hijos les dijo que defendieran a sus madres: «Ustedes tuvieron fue mamá. Su papá lo pueden encontrar mañana en cualquier estadero con cualquier otra mamá».
El abrazo
La última historia ocurrió un día antes de la grabación. Un hombre que se había enfrentado a él en redes se le acercó y le pidió perdón: «Usted terminó teniendo la razón». El Teacher le respondió que lo importante era un abrazo, y se abrazaron.
«Nos vamos, ¿y qué nos llevamos? Nos llevamos el perdón, el amor, el abrazo, la confraternidad». Su mensaje final cabe en una frase: «El amor supera todo. Dios nos ama, y sobre ese amor debemos caminar».
Portal Sxxi.net, agradece desde este ConVerso y lo ampliá a la naturaleza, en línea con la propuesta de ecopersonas y ecosociedad de Siglo XXI: el amor entre los seres humanos «y sobre todo con la naturaleza, porque gracias a ella también somos y estamos hoy aquí». ¿Y usted qué opina?




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