Nos hace falta bondad, ternura y compasión

En época de crisis moral y ambiental debemos abrir paso a valores que permitirán armonizar la vida en la Tierra. Foto: Psymily.

 

Ana Patricia Cerón G
Psicóloga Fundación S.XXI

“Es hora de actualizar y fortalecer algo que ha estado ahí”

Hace unos días un video me conmovió profundamente al ver un niño, de aproximadamente  tres años, llorando porque con su moto mató una hormiga, y en su angustia, se preocupaba por el deceso del animalito y también por la familia de la hormiga “que no sabía de su muerte y la esperaban”. 

Los comentarios no se hicieron esperar alabando el sentimiento del niño, a la familia que enseñaba valores, hasta le pedían que se cuidara de este mundo cruel en el que debe vivir.

Gran lección para los seres humanos que hemos perdido el rumbo afectivo, y esta  ceguera emocional, nos impide ver el daño que causamos sin inmutarnos, indiferentes, sin conmovernos ni emprender acciones que eviten el dolor del otro, o que nos lleven a protestar ante la maldad y la injusticia de la que a diario somos testigos en redes sociales y noticieros; y es que a veces, ni siquiera el dolor de quienes viven con nosotros nos sensibiliza.

Encontrar un niño de corta edad, con ese nivel de conciencia moral respecto a las afectaciones que se pueden infringir a un ser sintiente, cualquiera que sea, nos da pistas sobre lo que debemos hacer como sociedad para erradicar esa falta de respeto por la vida, que ya no nos sorprende.  El episodio indica que si educamos a nuestras hijas e hijos en el respeto por la vida, y fuese esa la regla general de todas las familias, en primer lugar de aquellas que gobiernan el mundo y que precisamente deciden sobre la vida, la muerte y las condiciones de existencia de la mayoría, como si fueran dioses, no viviríamos la debacle ética y la irracionalidad que amenaza nuestra existencia y la del planeta, como consecuencia de la corrupción, del mezquino acaparamiento del dinero y el poder  a costa del sufrimiento humano, y la devastación del ambiente. A decir del Doctor Richard Davinson, neuropsicólogo y psiquiatra: “La base de un cerebro sano es la bondad”.  Si nos paramos en esa afirmación podríamos concluir, sin lugar a dudas, que el cerebro de la humanidad está enfermo.

Foto: Svlimkin

La bondad y la empatía se aprenden

Aunque el comportamiento humano tiene un componente biológico, el proceso de socialización incide de manera contundente en el desarrollo infantil, dando paso al aprendizaje del lenguaje y de formas de existencia casi que determinadas por las condiciones particulares de vida y por la relación con los primeros socializadores: padres, madres, familiares y docentes a cargo del cuidado de niñas y niños, de quienes dependerá la manera como el niño o la niña aprendan el sentido y significado de la vida, en función de la calidad relacional que les propongan.  Si la experiencia tiene como eje central el    compromiso con la crianza, el respeto por los derechos, la atención apropiada de necesidades, el interés real por ellas y ellos, la educación con amor y sabiduría para orientar la vida, unida a la práctica coherente de los valores que se predican, estaremos formando a un ser que tendrá altas probabilidades de reproducir este comportamiento con sus congéneres y enseñar el amor y el respeto a las próximas generaciones.

¿Por qué formar en la bondad y en la empatía?

La empatía es una competencia psicológica que permite al ser humano ponerse en sintonía emocional para ubicarse en el lugar del otro que afronta una situación generalmente desagradable, que le causa dolor o que le impulsa a abanderar una causa. En tal sentido, el ejercicio empático requiere adoptar una escucha activa, un acto dialógico sincero, que favorezca en nosotros la comprensión de la experiencia por la que atraviesa ese ser humano, y la sensibilidad para vivirla como propia.

Como parte fundamental de la inteligencia emocional, la empatía nos ayuda a tener mejores relaciones interpersonales, favorece el desarrollo de procesos comunicativos asertivos y nos vuelve más sensibles ante la necesidad; nos ayuda en la adecuada resolución de conflictos, a llevar a cabo procesos exitosos de negociación ante disputas interpersonales, a ser respetuosos, considerados, generosos, confiables, a tener relaciones sociales enriquecedoras, a comunicar mejor.

Por obvias razones, la actitud empática es más fluida cuando quien escucha ha pasado por esa experiencia, que habilita para servir de apoyo eficaz, aportando elementos que van más allá de expresar frases cliché, y más bien centrando la acción en un comportamiento amoroso y bondadoso. 

A veces, el solo hecho de escuchar, representa un apoyo y un alivio para quien sufre, pero lo mejor, es ponernos a disposición de quien lo necesita, para alivianar la carga emocional y/o material, haciendo menos duro y menos doloroso el afrontamiento.

La bondad por su parte, es entendida como el deseo de felicidad para los otros, y la compasión tiene que ver con el anhelo de aliviar el sufrimiento humano, esta emoción moviliza a la acción para ayudar a aliviar el sufrimiento.

La empatía se aprende

La cotidianidad es la escuela de la vida; ahí nos ejercitamos en el mundo de las emociones y actuaciones, y es la familia la primera maestra de niñas y niños.  Padres y madres enseñamos con el ejemplo y las palabras, y de nosotros depende educar en hijas e hijos el interés sincero por los demás, ojalá empezando por quienes comparten el nicho, y especialmente por quienes son vulnerables: personas que tienen determinada condición que les genera sufrimiento: que padecen enfermedad, hambre, pobreza, guerra, maltrato, despojo, desplazamiento forzado, acoso, violación, trata de personas, esclavitud, drogadicción, duelo, o cualquier forma de dolor o afectación.  Pero este interés también debe incluir al conjunto de la naturaleza que es nuestra fuente de sustento y supervivencia.

¿Cómo definimos la compasión?

La versión popular considera la compasión como un sentimiento de piedad relacionado con el sufrimiento de alguien; para Davinson la compasión es un estadio superior de la bondad, que alienta el compromiso y la acción, impulsando al ser humano en la búsqueda de herramientaspara aliviar elsufrimiento. Al respecto,  Jerome Kagan, profesor de Psicología de Harvard, plantea que nuestro cerebro estáprogramado para practicar la bondad; Daniel Goleman, psicólogo y periodista asegura que una de las emociones más intensas para nuestro cerebro es la compasión, y sostiene: “Todo el sistema límbico reverbera en múltiples conexiones cuando la practicamos”; por su parte, el neurólogo argentino Facundo Manes concluye: “Ser generoso produce una sensación de bienestar porque activa un circuito neuronal asociado al placer y la recompensa, además de activar químicos asociados a la felicidad, como la dopamina y la oxitocina”, y agrega:  “Las personas bondadosas tienen más amistades, duermen mejor y superan los obstáculos de mejor manera que las personas mezquinas. Más allá de los beneficios personales de ser bondadoso, lo realmente notable es que la bondad redunda en un bienestar general porque promueve beneficios para toda la sociedad”.

¿Cómo entender la ternura?

La ternura es reconocida como una calidad especial de la afectividad, hace que una persona se dirija a otra con un trato suave; su ejercicio permite al ser humano la posibilidad de experimentar la sensación de sentirse amado, respetado, tratado con mimo y cuidado, “Es afecto repleto de humanidad, es el arte de dar afecto con calidad”. La ternura nos aparta de la rigidez emocional.

El avance de la Psicología revelando los hallazgos sobre estas emociones y sus beneficios personales y sociales nos invita a reflexionar sobre la necesidad urgente de construir un modelo educativo desde la familia hasta la educación superior centrado en la bondad, la ternura y la compasión que debe ser transversal al ejercicio de empoderarnos de nuestros derechos y deberes, haciendo del aprendizaje un proceso de formación de habilidades para la vida en armonía con el otro y con la naturaleza, que sería la salida a la crisis general que vivimos.

Para ser portadores de estas emociones, nuestras niñas y nuestros niños deben ser criados por madres y padres con el amor que merecen, con empatía, bondad, compasión, oportunidades, y este ejercicio amoroso ha de ser replicado por los gobiernos con sus ciudadanos sin excepción, garantizando plenamente sus derechos y educando en los deberes; de esta manera, aseguraremos que estos actos afectivos, buenos para la salud mental y relacional se reproduzcan, incidiendo en la construcción de un mundo interpersonal y natural más amable  y generoso, en el que se rechace  cualquier forma de violencia, en el que la gestión de conflictos sea mediado por el respeto y el amor por el otro, y en el que el ambiente, base material y espiritual de nuestra existencia, sea protegido, cuidado y valorado.

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