Del plato al territorio: pasado, presente y futuro de la soberanía y la seguridad alimentaria

Una lectura desde EcoSociedad para construir, entre todos, una sociedad que cuide lo que la hace vivir

Portal Ecológico Sxxi.net – Darío Salazar · EcoSociedad ·

1. Un plato es un mapa

Comemos tres veces al día y casi nunca preguntamos de dónde llegó lo que hay en el plato. Sabemos cuánto costó y si nos alcanzó, pero no qué tierra lo produjo, quién lo sembró ni cuánto de su precio quedó en manos del campesino. Esa ignorancia no es un descuido personal: es el resultado de un modo de organizar la vida en el que el alimento se volvió mercancía anónima.

Dos conceptos nos ayudan a leer ese mapa, y conviene no confundirlos: la seguridad alimentaria y la soberanía alimentaria. Este artículo los distingue, cuenta de dónde vienen, mira dónde estamos hoy con datos oficiales y propone hacia dónde caminar. Es la mirada de EcoSociedad: la ecología no como adorno, sino como una manera de ordenar la economía, la política y la vida cotidiana alrededor de lo que nos sostiene, el agua, la tierra y el alimento.

2. Dos conceptos, dos preguntas

La seguridad alimentaria pregunta si hay comida suficiente para todos. La definición internacional más usada habla de que todas las personas tengan, en todo momento, acceso físico y económico a alimentos suficientes, inocuos y nutritivos. Se mide en cuatro dimensiones: disponibilidad, acceso, utilización y estabilidad. Es un resultado, y nadie sensato discute que el hambre es una injusticia.

Un plato que contiene un territorio

La soberanía alimentaria pregunta otra cosa: quién decide. Quién define qué se siembra, con qué semillas, para quién y a qué precio. Es el derecho de los pueblos a trazar sus propias políticas de producción y consumo, a proteger la agricultura familiar y a cuidar el territorio y la cultura alimentaria. Es un proceso, y sobre todo una cuestión de poder.

La diferencia se entiende con un ejemplo. Un país puede tener seguridad sin soberanía si llena sus mesas con importaciones baratas mientras su campo se arruina. Y puede proclamar soberanía sin seguridad si controla su producción pero deja a muchos sin acceso. Por eso los conceptos no compiten: se necesitan. En la práctica, la seguridad se verifica en la mesa de cada hogar; la soberanía, en la plaza de mercado, en la vereda y en la decisión pública sobre el territorio.


Seguridad alimentariaSoberanía alimentaria
Pregunta¿Hay comida suficiente para todos?¿Quién decide cómo se produce y distribuye?
EnfoqueResultado: acceso y nutriciónProceso: poder, territorio y cultura
Nace enOrganismos internacionalesMovimientos campesinos
Riesgo si falta el otroDependencia y precios ajenosBuenas intenciones sin comida en la mesa

3. El devenir: de dónde venimos

Los conceptos no cayeron del cielo: nacieron de crisis concretas. En 1974, tras años de escasez y precios disparados, la Conferencia Mundial de la Alimentación de las Naciones Unidas planteó el problema en términos de oferta: había que producir y almacenar lo suficiente. La seguridad alimentaria nació así como una pregunta por la cantidad. Con el tiempo se entendió que el hambre no siempre es falta de comida, sino falta de acceso, y la Cumbre Mundial sobre la Alimentación de 1996 amplió la definición al acceso físico y económico.

En esa misma Cumbre de 1996, La Vía Campesina propuso una idea distinta. Venía de una década en la que la apertura de los mercados y las exportaciones subsidiadas arruinaban a pequeños productores del Sur. Su respuesta fue la soberanía alimentaria: el derecho de los pueblos a alimentos sanos y culturalmente apropiados, producidos con métodos ecológicamente sostenibles. En 2007, el Foro de Nyéléni, en Malí, reunió delegados de todos los continentes y profundizó el concepto, y en 2018 las Naciones Unidas adoptaron la Declaración sobre los derechos de los campesinos, fruto de décadas de lucha social.

Colombia tiene su propio hilo. La Constitución de 1991 establece, en su artículo 65, que la producción de alimentos goza de especial protección del Estado. Y el Acto Legislativo 01 de 2023 reconoció al campesinado como sujeto de especial protección constitucional. Ambos hitos dicen lo mismo: quien nos alimenta merece ser reconocido y no solo explotado.

Bogotá, por su parte, creció durante décadas de espaldas a su despensa. La ciudad se expandió sobre la Sabana y sobre sus humedales, mientras su abastecimiento dependía de largas cadenas de intermediación que alejaron a quien consume de quien produce. Recuperar esa conexión es una de las tareas históricas pendientes de la capital.

Si miramos el recorrido completo, cada época añadió una pregunta sin borrar la anterior. Primero, ¿cuánta comida hay? Después, ¿quién puede acceder a ella? Luego, ¿quién decide? Y hoy aparece una cuarta, que es la de EcoSociedad: ¿cómo cuidamos aquello que hace posible el alimento, es decir, el agua, el suelo, la semilla y el trabajo digno de quienes lo producen?

Ilustración 2. La línea del tiempo: cuatro preguntas que se suman

4. El presente: lo que dicen los datos

Las cifras más recientes muestran avances reales y deudas profundas. Según el DANE, cuyos resultados se publicaron el 21 de mayo de 2026, la inseguridad alimentaria moderada o grave afectó en 2025 al 21,1 % de los hogares colombianos, 4,4 puntos menos que el 25,5 % de 2024. Eso equivale a unos 12 millones de personas. La inseguridad grave bajó de 5,0 % a 3,4 %. Las brechas, sin embargo, siguen abiertas: Chocó registró 56,8 % y La Guajira 47,8 %, mientras que Bogotá se ubicó en 9,6 %.

Sobre quién alimenta al país, la directora de la UPRA afirmó en 2025 que los campesinos generan entre el 55 % y el 70 % de los alimentos que llegan a nuestras mesas. El campo respondió: en 2025 Colombia sembró más de 5,6 millones de hectáreas y produjo 81,6 millones de toneladas de productos agrícolas. Quien más alimenta es, al mismo tiempo, quien suele tener menos poder en la cadena.

Y está lo que se pierde. Según el Departamento Nacional de Planeación, el 34 % de la oferta alimentaria del país, unos 9,76 millones de toneladas al año, no cumple su propósito de alimentar. La FAO precisó en abril de 2026 que el 60,3 % de esa pérdida ocurre antes del consumo, en la producción, la logística, el transporte y el almacenamiento, y el 39,7 % restante en el consumo. En Bogotá, la Alcaldía estima que cada año se pierden o desperdician cerca de 1,2 millones de toneladas de alimentos.

Estos datos revelan tres paradojas. La primera: la seguridad alimentaria mejora, pero es un logro frágil y desigual; no es una meta terminada, sino una tarea diaria. La segunda: la soberanía sigue pendiente, porque quien produce gran parte de nuestra comida no decide ni los precios ni las condiciones, y el país depende de importaciones para buena parte de sus granos. La tercera: Bogotá tiene una de las prevalencias más bajas de inseguridad alimentaria y, sin embargo, desperdicia más de un millón de toneladas. Su problema no es solo cuánto hay, sino cómo nos organizamos para cuidarlo.

5. El futuro: construir EcoSociedad

EcoSociedad no es un lugar al que se llega, sino una manera de decidir: poner el cuidado de la vida, es decir el agua, el suelo, la semilla y el trabajo digno, como criterio de cada decisión pública y privada. La alimentación es su mejor punto de partida, porque toca a todas las personas tres veces al día y conecta lo urbano con lo rural, la casa con el páramo.

Nadie construye una sociedad nueva de golpe: se hace con pasos concretos, medibles y compartidos. Esa construcción se da en tres horizontes que se alimentan entre sí.

Horizonte 1: ahora, en la casa y el barrio. Cuatro verbos sencillos ordenan la acción: conocer el origen de lo que comemos, conectar a quienes producen con quienes consumen, cuidar el suelo, el agua y la biodiversidad, y compartir saberes entre generaciones. Cada generación aporta lo suyo. La señora que administra la compra decide qué entra a la casa: puede preguntar el origen, planificar el menú, organizar un club de compra con vecinos y hacer compost. El joven comunica: cuenta historias del campo, crea mapas colaborativos de huertas y mercados y monta huertas escolares. El adulto mayor es memoria viva: enseña a sembrar, a guardar semillas criollas y a cocinar con lo local. Un primer paso al alcance de cualquiera es anotar, durante una semana, de dónde viene cada alimento que se compra.

Horizonte 2: en la ciudad. Aquí se juega la escala. Proponemos, para el debate ciudadano y de cara a la próxima administración, conectar las compras públicas de alimentos (comedores, colegios, hogares) con productores campesinos y asociaciones locales, en línea con la Ley 2046 de 2020; fortalecer las plazas de mercado y habilitar mercados campesinos periódicos, incluso en las estaciones del Metro; multiplicar las huertas escolares y comunitarias y el compostaje; fijar metas públicas de reducción del desperdicio; y apoyar empresas asociativas de campesinos, recicladores, jóvenes y mujeres, que son la forma concreta de que la economía quede en el territorio. Todo esto acompañado de un mapa abierto de huertas, mercados y productores, que cualquiera pueda consultar y mejorar.

Horizonte 3: en el territorio. Bogotá no se explica sin su región. Sumapaz, la única localidad enteramente rural del Distrito, y el páramo que sostiene buena parte del agua de la ciudad deben ser el eje de un pacto rural-urbano: cuidar el páramo es cuidar el agua, y apoyar la economía campesina es asegurar parte del alimento. Lo mismo vale para la relación con la Región Central, de donde llega buena parte de lo que la ciudad consume: justa en los precios, estable en el tiempo y respetuosa del suelo.

Cómo sabremos que avanzamos. Un proyecto serio se mide. Proponemos cinco señales que cualquier persona pueda seguir: el porcentaje de las compras públicas de alimentos que llega a productores y asociaciones locales; el número de huertas escolares y comunitarias activas; las toneladas de alimento aprovechadas en lugar de desperdiciadas; las asociaciones campesinas, de recicladores, jóvenes y mujeres que sigan funcionando dos años después de crearse; y la inseguridad alimentaria de los hogares, medida por territorio cuando haya datos disponibles. Lo que no se mide no se puede mejorar, y lo que no se publica no se puede exigir.

Nada de esto funciona sin participación. Una ciudadanía que pregunta, mide y exige necesita datos abiertos y espacios reales de diálogo, y gobiernos que muestren con claridad qué cambió gracias a lo que la gente propuso. La educación ambiental, la comunicación en lenguaje claro y la participación son el músculo que convierte las buenas ideas en hechos.

Ilustración 3. Mapa mental: del plato al territorio

6. Para cerrar: un plato con territorio

Un plato de comida resume nuestra historia, nuestro presente y nuestro futuro. En el pasado, nos enseñó que no basta producir: hay que poder acceder y poder decidir. En el presente, nos muestra que hemos avanzado en seguridad, pero que la soberanía y el cuidado del territorio siguen pendientes. Y en el futuro, nos invita a construir una sociedad que entienda que alimentar bien no es solo llenar un estómago, sino cuidar la tierra, reconocer a quien siembra y decidir juntos qué comemos y cómo lo producimos.

La seguridad alimentaria nos recuerda que nadie debe pasar hambre. La soberanía alimentaria, que comer bien depende de quién decide y de cómo cuidamos el territorio. EcoSociedad suma una tercera idea: que ninguna de las dos se sostiene si perdemos el agua, el suelo y las manos que cultivan. La señora que compra con criterio, el joven que cuenta lo que ve y el adulto mayor que enseña lo que sabe forman una alianza capaz de empezar hoy, en la mesa de cada casa.

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