
Portal ecológico Sxxi.net Dario Salazar Ecosociedad
El 14 de octubre, miles de personas marcharon en Colombia contra el gobierno de Abelardo de la Espriella, y en las calles apareció una palabra pesada: fascismo. Este texto explica qué significa, de dónde viene, qué tan bien describe el presente y qué alternativa propone la mirada ecosocial.
Qué es el fascismo, y qué no es
El fascismo fue un movimiento político nacido en la Europa de entreguerras, con Mussolini en Italia (1922) y el nazismo en Alemania (1933) como casos centrales. La palabra se usa hoy tanto como insulto que conviene recuperar su sentido preciso.* Al final veremos la historia de la palabra
El historiador Robert Paxton lo define como una forma de conducta política marcada por la obsesión con la decadencia y la humillación de la comunidad, y por el culto compensatorio a la unidad, la pureza y la fuerza. En ella, un partido de militantes nacionalistas colabora con las élites tradicionales, abandona las libertades democráticas y persigue con violencia «redentora» la regeneración nacional. Umberto Eco, por su parte, habló de un «fascismo eterno» con rasgos que reaparecen: culto a la tradición, rechazo de la crítica como traición, miedo a la diferencia, desprecio por los débiles y un líder que dice encarnar al «verdadero pueblo».
Lo que lo distingue de una derecha conservadora o autoritaria corriente es la combinación de tres elementos:
- Una movilización de masas alimentada por el resentimiento.
- La designación de un enemigo interno al que se deshumaniza.
- La disposición a vaciar las instituciones democráticas desde dentro, con la violencia como método y no como excepción.
Un gobierno puede ser duro, de derecha y polémico sin ser fascista. La pregunta es siempre si se cumple el conjunto o solo algún rasgo.
Lo que ha sido: una historia de violencia con rostro de orden
El fascismo histórico prometió restaurar la grandeza nacional y terminó en guerra, partido único, persecución de sindicatos, minorías y opositores, y genocidio. Su método fue casi siempre el mismo: llegar al poder con apoyo electoral y de élites que lo creyeron controlable, y luego estrechar los límites de lo permitido. Franco extendió esa lógica en España durante cuarenta años.
Colombia no fue ajena a esas corrientes. En los años treinta y cuarenta, sectores del conservatismo, como los «Leopardos» y Laureano Gómez, miraron con simpatía el modelo franquista. Después, la violencia política dejó heridas que hoy evocan los movimientos sociales cuando hablan de fascismo: el exterminio de la Unión Patriótica, el paramilitarismo y los «falsos positivos», que la JEP ha cifrado en más de seis mil casos.
Para buena parte de la izquierda colombiana, el fascismo no es una importación retórica. Es la memoria de un Estado y unas élites que reprimieron a quien se organizó y que en el 2026 resurge con deseo de imponerse, con la ventaja que el opositor es una fuerza superior y sin complejo de víctima .
Colombia hoy: por qué se invoca la palabra
Abelardo de la Espriella ganó la segunda vuelta del 21 de junio de 2026 y juró como presidente para 2026-2030 el 7 de agosto, en Cali. Fue la primera posesión en un siglo celebrada fuera de Bogotá, y la prensa alternativa y comunitaria así como la internacional lo ha descrito como un gobierno de ultraderecha.
El 14 de octubre se realizó el primer paro nacional de su gobierno, convocado por centrales sindicales y partidos de oposición. Reunió reclamos laborales, educativos, económicos y territoriales, y un rechazo más amplio al Gobierno. Allí se escuchó la acusación de «fascismo». La convocatoria vino del Pacto Histórico, del expresidente Gustavo Petro, la CUT y Fecode, y buscaba también defender las reformas sociales logradas durante el mandato del Pacto Histórico.
El detonante inmediato fue el Decreto 1525 de 2026. El Gobierno sostiene que busca separar la protesta pacífica de la violenta, y define de forma más amplia los actos violentos, la retención de personas y los bloqueos. Los sectores ecologistas y de izquierda lo han calificado de regresivo e inconstitucional y recordó que el decreto de 2021 que se modifica nació de una orden de la Corte Suprema tras los excesos de la fuerza pública. Según los sectores de avanzada, el cambio se hizo con una consulta de una semana y sin convocar la Mesa Nacional de Garantías, a menos de doce horas de las marchas.
Quienes usan la palabra «fascismo» se apoyan en un conjunto de señales más que en un hecho aislado:
- Un discurso que presenta la protesta y la oposición como amenaza al orden.
- Más margen de intervención en manifestaciones.
- Un liderazgo personalista, con fuerte simbolismo militar en la posesión.
- Una agenda de seguridad centrada en el sometimiento de los grupos armados.
- Alianzas con gobiernos de derecha dura, como los de El Salvador y Ecuador.
Para sus críticos, ese conjunto recuerda la lógica clásica: el miedo como argumento y la restricción de derechos en nombre de una mayoría «decente».
Un examen honesto del argumento
Aquí hay que ser riguroso, porque el término tiene costos si se usa mal. El Gobierno responde que fue elegido en segunda vuelta, dentro de la Constitución, sin embargo ha sido acusado de fraude por el manejo del sofware, determinado para que así fuera por minima diferencia el partido del hoy gobernante siempre ganara. El presidente afirmó que la protesta pacífica es una garantía constitucional que no autoriza agredir a otros, destruir bienes, amenazar trabajadores ni impedir el paso de ambulancias. Sus defensores añaden que los bloqueos afectan a millones de ciudadanos y que la calle también se usó contra gobiernos anteriores, incluidos los de Duque y los primeros años de Petro. Sin embargo vale la pena aclarar que todas las marchas del gobierno del Pacto Histórico fueron pacificas
Medido con los criterios de Paxton y Eco, el cuadro actual muestra rasgos autoritarios y un giro securitario, pero no el conjunto completo. No hay partido único, ni supresión de la prensa y de las elecciones, ni violencia estatal masiva documentada contra un grupo designado como enemigo. Muchos analistas hablarían más bien de una derecha radical con riesgo de deriva iliberal y gritos brabucones con pistola en el cinto, que no atemorizan a la población como se demostró este 14 de octubre de 2026.
La acusación de fascismo funciona mejor como alarma política, una advertencia sobre una trayectoria posible, que como diagnóstico cerrado. La distinción importa: si todo es fascismo, nada lo es, y la palabra pierde fuerza el día en que de verdad haga falta.
Además, este es un gobierno de apenas dos meses. Su carácter se verá en cómo trate a jueces, prensa, sindicatos, pueblos indígenas y defensores ambientales, y en lo que haga cuando la protesta sea masiva y sostenida, como se percibe en el ambiente sindical y los diferentes sectores sociales, como respuesta al pobre poder administrativo que ha mostrado de La Espriella y sus acciones en contra de los avances sociales, matizado con presuntas corrupciones, como las que envuelven a su esposa por los recursos de los damnificados del terremoto del 10 de agosto en Colombia.
Una perspectiva ecosocial
Lo que sigue es la posición que defienden el ecologismo político y los movimientos ecosociales, no una verdad neutral. Su punto de partida es que la crisis democrática y la crisis ecológica son una sola. El fascismo prospera donde hay miedo, pérdida y precariedad, y hoy esas sensaciones se alimentan del colapso climático, la desigualdad y la inseguridad económica. Cuando el Estado responde con más control y más extractivismo, sacrifica a la vez libertades y territorios.
Colombia lo ilustra. Es uno de los países más biodiversos del planeta y, durante varios años, el más peligroso del mundo para quienes defienden el ambiente. La violencia política y la ecológica se superponen en los mismos territorios: el Pacífico, la Amazonía, el Catatumbo, la Sierra Nevada. Por eso, restringir el derecho a la protesta no es solo un asunto de orden público: afecta la capacidad de comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes de frenar proyectos que dañan sus ríos y su aire; y todo lo que atenta contra los difrentes grupos etarios y sociales.
La propuesta tiene cinco ejes:
- Democracia ampliada. Defender la protesta como derecho ambiental y político, con protocolos de garantías acordados con la sociedad civil y supervisión independiente. Aplicar el Acuerdo de Escazú, que Colombia ratificó, para proteger a los defensores del territorio.
- Paz territorial. Reforma rural con función ecológica, restitución de tierras y sustitución voluntaria de cultivos, en lugar de una seguridad entendida solo como ofensiva militar. La paz no se sostiene si la gente del campo no puede vivir con dignidad.
- Transición energética justa. Salir gradualmente de la dependencia de los hidrocarburos con empleo digno en las regiones petroleras y mineras, energías renovables con control comunitario y consulta previa real. La transición no puede ser un lema de clase media urbana ni un negocio de pocos.
- Economía del cuidado y de la vida. Reconocer el trabajo de cuidado, defender la educación y la salud públicas, y medir el bienestar con indicadores que incluyan el estado de los ecosistemas y no solo el PIB.
- Pluralismo y memoria. Una oposición con vocación de poder, no de caos, y un compromiso con la verdad histórica sobre el conflicto, para que ningún sector convierta a sus adversarios en enemigos a eliminar.

Esta perspectiva también tiene tensiones que conviene decir. La transición energética necesita ingresos que hoy provienen del petróleo y el carbón. Las reformas sociales de la década pasada chocaron con límites de ejecución y de coalición. Y quien convoca a la calle debe hacerse cargo de que la violencia en las marchas, venga de donde venga, y a veces infiltrada, desprestigia la causa y alimenta el discurso del orden. Una oposición ecosocial seria necesita proponer, no solo resistir.
Seguimos
El fascismo no llega anunciándose. Se instala con la normalización gradual de lo excepcional: el decreto que parece razonable, el enemigo que parece merecerlo, la ley que parece protegernos. Preguntarse si Colombia va por ese camino no es exagerar, es ejercer vigilancia democrática.
Pero la respuesta no está en gritar la palabra. Está en construir ecopersonas, instituciones, territorios y alianzas donde la violencia política y la destrucción ecológica dejen de ser rentables. Esa es la apuesta ecosocial: que la democracia y la vida se defiendan juntas, ese es el camino de Ecosociedad y al que invitamos seguir.
Qué es el fascismo, origen y etimología?
El término fascismo viene del italiano fascio (plural fasci), que significa “haz” o “manojo”, y se refiere a un conjunto de varas o ramas atadas juntas.
Origen latino. Fascio deriva del latín fascis (“haz, fardo, manojo”). En la Roma antigua, los fasces eran un haz de varas de abedul o de olmo atadas con correas de cuero, y a menudo llevaban una hacha en el centro. Los portaban los lictores, los escoltas de los magistrados con imperium (cónsules, pretores), como símbolo de su autoridad para castigar (con varas) y ejecutar (con el hacha). La imagen también transmitía una idea de unión: una vara se quiebra con facilidad, pero un haz atado es muy difícil de romper.
Del símbolo al movimiento. A finales del siglo XIX, en Italia, fascio se usó para nombrar agrupaciones políticas y sindicales, como los Fasci Siciliani (1891-1894), un movimiento campesino y socialista en Sicilia. Aquí ya no aludía a Roma sino a la idea de “unión” o “liga” de personas con un objetivo común.
En 1914-1915, grupos intervencionistas que querían que Italia entrara en la Primera Guerra Mundial se llamaron fasci d’azione rivoluzionaria. El 23 de marzo de 1919, Benito Mussolini fundó en Milán los Fasci Italiani di Combattimento (“Haces Italianos de Combate”). En 1921 el movimiento se convirtió en el Partito Nazionale Fascista. De ahí surgió fascismo (fascismo), con el sufijo -ismo que indica doctrina o movimiento. Mussolini retomó deliberadamente el símbolo romano para evocar grandeza imperial, disciplina y unidad nacional bajo una autoridad fuerte.
Palabras emparentadas. Fascículo (diminutivo de fascis: pequeño haz, de ahí los “fascículos” de una obra por entregas), fajo y faja (probablemente de la misma familia por la idea de atar), y fascista.
Sobre el significado actual. La etimología explica el nombre, pero no define el fenómeno. Como concepto político, el fascismo suele describirse como una ideología ultranacionalista y autoritaria que exalta a la nación (o la “raza”) por encima del individuo, se apoya en un líder carismático, un partido único, la militarización de la vida pública y la represión de la oposición. Los historiadores debaten qué tan amplia o estricta debe ser la definición, y por eso hay discusión sobre qué regímenes o movimientos califican como fascistas, desde la Italia de Mussolini hasta casos posteriores.
Seguiremos reflexionando en perspectiva de construir EcoSociedad




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