
Por Darío Salazar, psicólogo y ecologista ·
Escuchar para sanar
Hoy, 10 de octubre, el mundo conmemora el Día Mundial de la Salud Mental. El lema de este año, propuesto por la Federación Mundial para la Salud Mental, es «Experiencias vividas escuchadas: voces reales, cambio real». Es una invitación sencilla y exigente: escuchar a quienes viven con sufrimiento psíquico y convertir esa escucha en decisiones.
Como psicólogo y ecologista, quiero sumar a ese lema una pregunta que casi nunca se hace: ¿qué territorio habitan esas voces? Una persona angustiada no vive en el vacío. Vive en un barrio sin árboles, en una ciudad que corre, en un trabajo que no alcanza, en un planeta que se calienta. Tratar solo al individuo, sin mirar el entorno que lo enferma, es como secar el piso mientras la llave sigue abierta.
La tesis de este artículo es breve: la salud mental no es un asunto privado ni solo clínico. Es una condición ecosocial. Se cuida en el consultorio, pero también en el parque, el cerro, el humedal, en la biblioteca de barrio en la plaza de mercado y en la mesa. Desde la mirada de EcoSociedad, que venimos defendiendo en Sxxi.net, cuidar la mente y cuidar el territorio son la misma tarea.
Un malestar que no es solo individual
Las cifras ayudan a dimensionar el problema. Según la Organización Mundial de la Salud, en 2023 unos 1.200 millones de personas, casi una de cada siete, vivían con un trastorno mental. Cerca de 470 millones tenían ansiedad, entre ellas 146 millones de niños y adolescentes, y 322 millones tenían depresión.
La misma ficha señala algo que solemos olvidar: la pobreza, la violencia, la discapacidad y la desigualdad aumentan el riesgo. Significa que el sufrimiento mental tiene geografía y tiene clase social. Se concentra donde faltan ingresos, agua limpia, transporte digno, aire sano y tiempo para descansar.
A esto se suma una brecha de atención. Solo un tercio de las personas con depresión recibe atención formal, y apenas el 40 % de quienes viven con psicosis. La mayoría se queda sola con su dolor.
La psicología lo sabe desde hace décadas: ningún síntoma aparece sin contexto. Un niño que duerme en una vivienda hacinada, una madre cabeza de hogar que cruza la ciudad dos horas cada día, un campesino que ve secarse su quebrada: todos cargan síntomas de un sistema, no solo de una biografía.
Lo que ya hemos escrito en Sxxi.net
En Sxxi.net, en digital y en papel, hemos hablado de salud mental sin llamarla siempre por su nombre. Hay dos hilos que conviene tejer: el del territorio y el de la vida interior.
El hilo del territorio. Cuando escribimos sobre soberanía y seguridad alimentaria, planteamos que un plato es un mapa: dice quién cultiva, quién decide y qué agua y qué suelo lo hicieron posible. Quien no sabe de dónde viene su comida vive un desarraigo silencioso, y el desarraigo enferma. Al analizar el transporte de mercancías peligrosas, hablamos del accidente como una herida abierta en el territorio: vivir bajo amenaza deja huella aunque nunca ocurra la tragedia. Con la biblioteca pública defendimos el «tercer lugar», un sitio que no es casa ni trabajo, donde se conversa y se pertenece. Y en Armero: en el lugar equivocado recordamos a los estudiantes de Medicina, Psicología y Trabajo Social que acompañaron a los sobrevivientes de 1985 y descubrieron que la tragedia también los había marcado a ellos. En Sxxi.net tenemso un repositorio de más de 4.000 articulos enfrentando estas realidades y proponiendo salidas ecosaludables.
El hilo de la vida interior. Aquí la voz es la de Ana Patricia Cerón Guerrero, psicóloga especialista en Desarrollo Infantil, con textos en nuestro portal desde 2014 y en la revista impresa desde el 2000. En la edición impresa 89 (junio de 2020), su nota «Nos hace falta bondad, ternura y compasión» advierte una «ceguera emocional» social y sostiene que la empatía se aprende en la familia y en la escuela, con una cita de Richard Davidson: «La base de un cerebro sano es la bondad». En el portal, «Sufrimos más en nuestra imaginación que en la realidad» explica que gran parte del malestar nace de anticipar escenarios que casi nunca ocurren, y propone observar los propios pensamientos y sustituirlos por otros más constructivos. «Siete claves para amarse a sí mismo(a)» recuerda que el amor propio se edifica desde dentro, pero tiene raíces en cómo nos recibieron en la familia y la escuela, y aconseja acompañamiento profesional. «¿Cuál es el sentido de la existencia?» pregunta «¿A qué vinimos a este mundo?» y orienta la respuesta hacia el bien común y el respeto por la naturaleza. Y «Madresolterismo o padreausentismo» vincula la ausencia paterna con pobreza, deserción escolar, violencia y depresión. Con ella conversamos, además, en el podcast «Estuve en Armero».
Los dos hilos dicen lo mismo: la salud mental se aprende y se cuida en lo cercano, en la casa, la escuela, el barrio y el territorio. Una Ecopersona necesita un mundo interior cuidado y un entorno que no la enferme. Las herramientas personales no sustituyen la acción colectiva, ni esta a aquellas.
Ecoansiedad, duelo ecológico y el poder de la naturaleza

Hay una dimensión de la salud mental que apenas empieza a nombrarse: el dolor por el estado del planeta. Un estudio publicado en 2021 en The Lancet Planetary Health encuestó a 10.000 jóvenes de 16 a 25 años en diez países. El 59 % dijo estar muy o extremadamente preocupado por el cambio climático, y más del 45 % reconoció que esos sentimientos afectaban su vida diaria. Además, declararon más sentimientos de traición que de tranquilidad frente a la respuesta de sus gobiernos.
Conviene precisar algo. La ecoansiedad no es una enfermedad: es una reacción comprensible ante una amenaza real. Lo que enferma no es sentir, sino sentir en soledad y sin salida: sin espacios para conversar, sin proyectos colectivos, sin ver que las decisiones públicas no cambian.
Existe también el duelo ecológico: la tristeza por el humedal rellenado, la quebrada contaminada, el páramo que se seca. Es una pérdida real aunque no tenga velorio. Reconocerla ayuda a elaborarla, y elaborarla abre la puerta a la acción.
La otra cara es esperanzadora. La naturaleza no solo duele cuando se pierde: también cuida cuando se habita. Un estudio con cerca de 20.000 personas en Inglaterra, publicado en Scientific Reports en 2019, encontró que quienes pasaban al menos 120 minutos por semana en entornos naturales reportaban mejor salud y mayor bienestar psicológico que quienes no los visitaban, sin importar si ese tiempo se repartía en una salida larga o en varias cortas. Por debajo de esa cifra, el beneficio no aparecía. Es una asociación, no una causa demostrada, pero resulta elocuente.
Dos horas semanales. Un parque, un cerro, un humedal, un sendero. Es una dosis al alcance de casi cualquiera, siempre que la ciudad garantice que ese verde exista y sea seguro. Por eso defender los humedales no es un lujo ambiental: es salud pública.
Cinco propuestas para una salud mental colectiva
No basta con diagnosticar. Una ecosociedad actúa. Estas son cinco prioridades que podemos empezar a exigir y construir en nuestros barrios y ciudades:
- Escuchar de verdad. Crear espacios barriales de conversación en bibliotecas, colegios, juntas de acción comunal y centros de salud. Las experiencias vividas no deben quedarse en el testimonio: deben alimentar las políticas públicas, como pide el lema de este año.
- Naturaleza cerca de casa. Proteger humedales, cerros y arbolado urbano, y garantizar que cada persona tenga un espacio verde seguro al alcance. Las dos horas semanales de naturaleza no pueden depender del barrio donde se nace.
- Alimento con origen conocido. Impulsar huertas comunitarias y mercados campesinos. Sembrar juntos, cocinar juntos y saber de dónde viene lo que comemos devuelve arraigo, vínculo y sentido.
- Ciudades que no enferman. Menos ruido, menos contaminación, movilidad humana y tiempo para vivir.
- Atención comunitaria y ecológica. Cerrar la brecha de atención con servicios cercanos, líderes comunitarios formados en primeros auxilios psicológicos y una salud mental incorporada a los planes de adaptación y gestión del riesgo climático.
A todo esto le falta una pieza: medir. Lo que no se mide no se puede mejorar. Los tableros ambientales de nuestras ciudades miden aire, agua y residuos; deberían medir también bienestar emocional, soledad y acceso a espacios verdes. Una ciudad que cuenta sus árboles pero no cuenta a sus solitarios está mirando solo la mitad del paisaje.
Escuchar es el primer acto ecológico
Volvamos al lema de este año: voces reales, cambio real. Escuchar es el primer acto ecológico, porque reconoce que somos parte de una trama y que el dolor de uno habla del estado de todos. Una ecosociedad no se mide por cuánto crece su economía, sino por cuánta gente duerme tranquila, tiene a quién llamar, camina bajo árboles y confía en que el mañana existe.
Propongo tres gestos para esta semana. Hablar con alguien que lleve tiempo callado y escucharlo sin apuro. Pasar dos horas en un espacio verde, solo o acompañado. Y preguntar en la junta de acción comunal, en el colegio o en el concejo qué se está haciendo por la salud mental de la comunidad y del territorio que la sostiene.
Si usted o alguien cercano atraviesa un momento difícil, no lo enfrente solo. En Bogotá, la Línea 106 ofrece escucha y apoyo psicosocial las 24 horas, y la Línea 123 atiende urgencias. Pedir ayuda no es debilidad: es una forma de cuidado. Si requiere atención personalizada, la Fundación S-XXI tiene una puerta amiga en el 3194106483.
Cuidar la mente y cuidar el territorio son la misma tarea. Empecemos hoy.
Nota: Estamos trabajando en Bogotá 500, tu opinión es importanrte ✍️ Te tomará 3 minutos: https://forms.gle/XwA49ahgCdiZZbem6; gracias.


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