Los desastres no son naturales: la interacción fatal entre lo físico natural y lo físico construido

Portal ecológico Sxxi.net se une a La Tertulia DA MERIGGIO AL POMERIGGIO, con Max Henríquez para explorar este tema tan interesante para Colombia

Colombia es un ejemplo paradigmático de cómo los desastres se construyen a través de la interacción entre amenazas naturales y vulnerabilidades humanas acumuladas durante décadas. Ubicado en una de las zonas más activas tectónicamente del planeta (en el Cinturón de Fuego del Pacífico) y con una geografía diversa —Andes, costas, llanos y Amazonía—, el país enfrenta amenazas constantes: sismos, erupciones volcánicas, inundaciones, deslizamientos y avenidas torrenciales. Sin embargo, las cifras y los casos históricos demuestran que la magnitud de las pérdidas no responde solo a la intensidad de los eventos físicos, sino a la exposición descontrolada, la construcción inadecuada y la falta histórica de planificación territorial.

Entre 1998 y 2021, según datos del Banco de la República y la UNGRD, se registraron más de 21,5 millones de personas afectadas por desastres. Los eventos hidrometeorológicos (inundaciones y deslizamientos) dominan: representan la mayoría de las pérdidas humanas y materiales. En promedio, los desastres causan alrededor de 160 muertes y destruyen 2.800 viviendas al año, impactando principalmente a los más pobres. El 85% de la población vive en zonas expuestas a dos o más amenazas, y más del 50% de las viviendas destruidas desde 1970 se construyeron en áreas no aptas para urbanización, según estudios del Banco Mundial.

El caso clásico es la tragedia de Armero (1985): la erupción del Nevado del Ruiz generó una lahar (avalancha de lodo) que arrasó el municipio, matando a unas 25.000 personas. El volcán llevaba meses en actividad, con alertas científicas ignoradas. Pero el desastre se construyó por decisiones humanas: Armero se fundó en el cauce seco de un río antiguo, sin normas antisísmicas ni volcánicas, y la evacuación falló por descoordinación institucional. El hazard era natural; la catástrofe, humana.

En tiempos recientes, las inundaciones recurrentes en La Mojana (subregión en los departamentos de Bolívar, Córdoba, Sucre y Antioquia) ilustran la persistencia del problema. Esta zona de humedales y deltas fluviales (ríos Cauca, Magdalena y San Jorge) es naturalmente propensa a inundaciones. Desde agosto de 2021, el rompimiento repetido del dique Cara de Gato ha afectado a más de 166.000 personas en 11 municipios. En 2024-2025, las lluvias intensas (asociadas a La Niña) agravaron la crisis: en mayo-julio 2024, al menos 38.000 personas afectadas, destrucción de viviendas, pérdida de 35.000 hectáreas de cultivos y daños en infraestructura. En 2025, se reportaron cerca de 30.000 afectados adicionales. La vulnerabilidad se amplifica por: deforestación, minería ilegal que altera cauces, diques mal mantenidos o construidos sin criterios técnicos, asentamientos en zonas inundables y corrupción en obras (como investigaciones por malversación en reparaciones post-2021). No es solo el agua; es la ocupación irresponsable y la negligencia en mantenimiento lo que convierte crecidas estacionales en emergencias prolongadas.

Otro ejemplo es Mocoa (2017): una avenida torrencial mató a más de 330 personas (muchas niños) tras lluvias intensas. La ciudad creció en laderas y cauces sin control, con viviendas precarias y deforestación que redujo la capacidad de absorción del suelo. Similar a Derna (Libia), el hazard fue extremo, pero el desastre se construyó por urbanización caótica y ausencia de planes de ordenamiento territorial.

En 2022, la UNGRD reportó 4.406 emergencias: 1.390 movimientos en masa, 942 inundaciones, 792 incendios forestales. En 2024, cerca de 9.000 eventos por fenómenos naturales. El cambio climático intensifica las lluvias, pero la raíz está en la vulnerabilidad: pobreza extrema obliga a ocupar laderas inestables o planicies aluviales; informalidad constructiva (sin refuerzos, materiales frágiles); y debilidad institucional en aplicación de normas (solo recientemente se avanzó en planes locales de GRD en más de 1.000 municipios).

Colombia ha avanzado: la Ley 1523 de 2012 creó el Sistema Nacional de Gestión del Riesgo, y el Marco de Sendai se integra en políticas. Proyectos del Banco Mundial fortalecieron planes en cientos de municipios, incorporando riesgo en ordenamiento territorial. Sin embargo, persisten brechas: reasentamientos lentos, corrupción en obras y presión demográfica en ciudades como Medellín o Bogotá, donde barrios periféricos en laderas vulnerables crecen sin control.

En resumen, en Colombia los desastres no son inevitables. Son el resultado de décadas de urbanización desordenada, desigualdad y priorización del corto plazo sobre la prevención. Casos como Armero, Mocoa y La Mojana muestran que, al reducir la vulnerabilidad física y social —con códigos estrictos, reubicación, infraestructura resiliente y educación—, se mitigan pérdidas masivas. La naturaleza amenaza; nosotros decidimos si se convierte en desastre.

Otros paises

En septiembre de 2024, las inundaciones en el sur de Brasil dejaron más de 150 muertos y afectaron a millones, mientras que en Valencia, España, las lluvias torrenciales causaron al menos 200 fallecidos y daños por 11.000 millones de dólares. Al mismo tiempo, un terremoto en Japón de magnitud 7,6 cobró 551 vidas, pero no provocó el colapso masivo que se temía. Estos eventos, reportados por la base de datos EM-DAT del Centro de Investigación sobre Epidemiología de Desastres (CRED), ilustran una verdad incómoda pero irrefutable: los desastres no son fenómenos puramente naturales. Son el resultado inevitable de la interacción entre amenazas físicas naturales —terremotos, inundaciones, tormentas— y el entorno físico construido por el ser humano: ciudades mal planificadas, edificios frágiles, infraestructuras obsoletas y territorios ocupados sin criterio.

Esta idea, promovida desde hace décadas por organismos como la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR), rompe con el mito de los “desastres naturales”. Como afirmó Allan Lavell, experto en geografía económica y Premio Sasakawa 2015: “Los desastres se asocian con lo cotidiano: vulnerabilidad, pobreza, marginalización”. No caen del cielo. Los construimos nosotros.

Hazard, riesgo y desastre: una ecuación humana

Para entenderlo, hay que distinguir conceptos clave. Un hazard (amenaza) es un fenómeno físico natural: un sismo de 7 grados, una inundación por lluvias intensas o un huracán. El riesgo surge cuando esa amenaza se cruza con la exposición (cuántas personas y bienes están en la zona) y la vulnerabilidad (qué tan frágiles son esos elementos). El desastre ocurre cuando el riesgo se materializa en pérdidas humanas, económicas y sociales.

La vulnerabilidad no es un accidente. Es producto de decisiones humanas: dónde construimos, cómo lo hacemos y a quiénes dejamos desprotegidos. Según el Informe de Evaluación Global sobre Reducción del Riesgo de Desastres (GAR) de la UNDRR, el 85% de las personas expuestas a terremotos, ciclones, inundaciones y sequías viven en países de desarrollo humano medio o bajo. Ahí está el núcleo del problema.

Las cifras que desmienten el mito

Los datos globales son contundentes. Entre 2000 y 2019, según la UNDRR y EM-DAT, se registraron 7.348 desastres mayores. Causaron 1,23 millones de muertes, afectaron a 4.200 millones de personas (muchas en múltiples ocasiones) y generaron pérdidas económicas de aproximadamente 2,97 billones de dólares estadounidenses.

En las dos décadas anteriores (1980-1999), los números fueron menores: 4.212 desastres, 1,19 millones de muertes y 1,63 billones en pérdidas. El aumento se explica principalmente por el incremento de eventos relacionados con el clima: de 3.656 a 6.681 casos. Las inundaciones se duplicaron (de 1.389 a 3.254) y las tormentas crecieron un 40%.

En 2024, EM-DAT registró 393 desastres relacionados con hazards naturales. Provocaron 16.753 muertes, afectaron a 167,2 millones de personas y causaron daños por 241,95 mil millones de dólares. Las tormentas tropicales en Estados Unidos y Asia, las sequías en África (que impactaron a más de 25 millones) y las olas de calor en Asia (con más de 2.000 muertes solo en eventos extremos) dominaron las estadísticas.

A largo plazo, el panorama es aún más alarmante. Entre 1970 y 2019, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) documentó más de 11.000 desastres meteorológicos, climáticos e hidrológicos: 2 millones de muertes y 3,64 billones de dólares en pérdidas. El número de estos eventos se quintuplicó en 50 años, impulsado por el cambio climático, la urbanización y —crucialmente— la falta de prevención.

Casos que lo demuestran: Haití y Chile, dos terremotos, dos realidades

Nada ilustra mejor esta interacción que la comparación entre el terremoto de Haití (12 de enero de 2010) y el de Chile (27 de febrero de 2010).

  • Haití: Magnitud 7,0. Epicentro a 25 km de Puerto Príncipe. Más de 200.000 muertos (algunas estimaciones llegan a 316.000), 300.000 heridos y 1,5 millones de damnificados. Pérdidas económicas: alrededor de 8.700 millones de dólares (casi el 100% del PIB del país en ese momento). ¿Por qué tanta destrucción? Puerto Príncipe creció de forma caótica: de 800.000 habitantes en los 80 a 2,5 millones en 2010. Edificios de bloques de concreto sin refuerzo, construidos sin normas antisísmicas, en laderas inestables. La pobreza extrema (Haití es el país más pobre del hemisferio) y la ausencia de planificación urbana convirtieron un sismo moderado en catástrofe.
  • Chile: Magnitud 8,8 (500 veces más energético que el de Haití). 562 muertos confirmados y daños por 32.700 millones de dólares. Afectó a 2,6 millones de personas, pero la mortalidad fue ínfima. ¿La razón? Chile tiene uno de los códigos de construcción antisísmica más estrictos del mundo, heredado de terremotos previos. Edificios con aisladores sísmicos, normas actualizadas tras el sismo de 1985 y una cultura de preparación. La población estaba mejor educada en evacuación y el gobierno respondió con rapidez.

La diferencia no estuvo en la naturaleza, sino en lo construido: en Haití, la fragilidad social y física amplificó el hazard; en Chile, la resiliencia lo mitigó.

Otro ejemplo reciente: las inundaciones de Derna, Libia, en septiembre de 2023. Dos presas colapsaron por lluvias torrenciales, matando a más de 4.000 personas. Las presas, construidas en los 70, no se mantuvieron. La urbanización descontrolada ocupó el cauce del río. Un evento hidrometeorológico extremo se convirtió en desastre por negligencia humana.

En contraste, Japón —país sísmico por excelencia— reduce drásticamente sus pérdidas. El terremoto de 2011 (magnitud 9,0) causó 20.000 muertos, pero la mayoría por el tsunami, no por el sismo. Sus edificios resistieron gracias a tecnologías avanzadas. En 2024, el sismo de 7,6 en la península de Noto dejó “solo” 551 fallecidos, pese a su intensidad.

Urbanización, pobreza y cambio climático: los multiplicadores

El mundo se urbaniza a ritmo vertiginoso: el 55% de la población vive en ciudades; para 2050 será el 68%. Muchas de esas ciudades —en Asia, África y América Latina— crecen en zonas de alto riesgo: llanuras aluviales, laderas inestables, costas expuestas. Según el Banco Mundial, el 90% de las ciudades más vulnerables están en países de ingresos bajos y medios.

La pobreza agrava todo. Los más pobres ocupan las tierras más baratas y peligrosas. Construyen con materiales precarios. No tienen seguros ni acceso a alerta temprana. El cambio climático, por su parte, intensifica los hazards: olas de calor más frecuentes, tormentas más violentas, sequías prolongadas. La OMM estima que los eventos extremos relacionados con el clima ya causan el 74% de las pérdidas económicas globales.

Hacia la resiliencia: lo que sí funciona

La buena noticia es que los desastres son evitables. La reducción del riesgo de desastres (RRD) es una de las inversiones más rentables que existen.

  • Códigos de construcción estrictos: En Japón y Nueva Zelanda reducen la mortalidad en un 90%.
  • Planificación territorial: Evitar construir en zonas de inundación o falla sísmica. Singapur y Países Bajos son ejemplos.
  • Sistemas de alerta temprana: En Cuba, los huracanes causan pocas muertes gracias a evacuaciones organizadas.
  • Inversión en infraestructura verde: Manglares, parques urbanos y restauración de cuencas reducen el impacto de inundaciones.

El Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres (2015-2030) propone exactamente esto: integrar la RRD en todas las políticas de desarrollo.

Conclusión: la responsabilidad es nuestra

Los desastres no son castigos divinos ni caprichos de la naturaleza. Son el precio que pagamos por ignorar la física de lo construido. Cada edificio mal hecho, cada ciudad sin planificación, cada decisión que prioriza el crecimiento económico sobre la seguridad, es una semilla de futuro desastre.

Con las cifras en la mano —millones de muertes evitables, billones de dólares perdidos—, la pregunta ya no es “¿por qué nos pasa esto?” sino “¿qué estamos dispuestos a cambiar?”. La naturaleza seguirá generando hazards. Depende de nosotros que no se conviertan en catástrofes.

La próxima inundación, el próximo sismo, no será natural. Será nuestro.

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